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El sueño de Cueto-Coventosa

Narración en Radio Nacional de "El Sueño de Cueto-Coventosa" de Julio de Lorenzo.

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El Sueño de Cueto-Coventosa.

por Julio de Lorenzo

- Últimamente sube muy poca gente al Cueto. Comentaba Gregorio durante el camino.

Desde que empecé a interesarme por la espeleología y muchos nombres de cuevas empezaron a brincarme en la cabeza, como posibles objetivos, como futuros desafíos, como lejanos sueños, uno de ellos apareció con protagonista relevancia, se me antojaba entonces como algo fuera de alcance, otra escala de la espeleología, siempre la he considerado la travesía más mítica de España; la travesía de Cueto-Coventosa.

 

En aquellos días, muy poco sabía acerca de esta cavidad, tan solo lo que de ella Emilio me había hablado, que no pasaba de que se trataba de un sistema de gran desarrollo (más de 30 km.), ubicado en Cantabria, con una vertical, en Cueto, muy importante, en la que se hallaba un tremendo pozo de más de 300 metros.

 

En las dos primeras veces en las que fui a Cantabria, me llevé la ilusión de entrar en Coventosa. El nombre ya me fascinaba, y representaba por lo menos la oportunidad de penetrar en aquel legendario sistema. Pero en ninguna de las dos ocasiones pude hacerlo, por simples motivos de planes, sin mayor trascendencia.

 

Fue en la segunda visita a Cantabria, como siempre, en el espeleológicamente conocido pueblo de Arredondo, cuando conocimos a un grupo de valencianos que también realizaban sus actividades allí. Y que en el último día nos invitaron a ir con ellos a hacer la Torca del Carlista (Vizcaya). También un viejo sueño del grupo pero que, sin embargo, ya habíamos intentado realizar, sin conseguirlo por motivos, una vez más, de poca importancia.

 

Esta salida sirvió para conocernos entre nosotros, y para dejar en proyecto una travesía, de esas que residían en mi cabeza desde hacía tiempo; la travesía del Turbón-Santa Elena, en el Pirineo de Huesca. Este proyecto me tuvo muy agitado durante unos días, pero al final por uno de esos motivos de poca trascendencia no pude realizarlo. Fue entonces, cuando hablaba con Félix por teléfono, para decirle que no les podría acompañar, cuando comenzó todo.

 

- ... nada Félix, que he decidido que no voy.

 

- Ya, lo suponía, la verdad es que ha sido muy precipitado, lo comprendo... Pues siento mucho que no nos puedas acompañar, de verdad.

 

Y se pronunciaron las palabras mágicas:

 

- Bueno Julio; ¿entonces nos vemos en Cueto dentro de dos semanas?

 

Necesité varios segundos para darme cuenta de lo que me estaba proponiendo. Me lo había soltado tan a bocajarro, como si de una nimiedad se tratara, que me cortó totalmente. Pero una vez reaccioné la respuesta afirmativa no se hizo esperar.

 

Había cogido el teléfono con un gran pesar, para comunicar que definitivamente no iba a unirme a la aventura; y lo había colgado envuelto en una ilusionada fascinación. No puede ser, me decía, voy a hacer la travesía Cueto-Coventosa.

 

Aún me quedaban dos semanas para ir haciéndome a la idea. Con calma iba planeando lo que me iba a llevar y empecé a ir a la Pedriza los fines de semana, para ponerme en forma. Por este motivo comencé a conocer este parque natural, que me iría fascinando cada vez más, hasta convertirme en lo que se viene a llamar, "un pedricero".

 

Llamé a Emilio el día después de su último examen para plantearle la aventura, ya que no quería distraerlo antes. Su respuesta fría y lacónica, que por teléfono en él es habitual, no fue nada concluyente, como por otro lado, era de esperar.

 

Yo seguía yendo a la Pedriza a andar con la mochila cargada de piedras. Y en mis ratos libres iba leyendo cosas sobre la travesía e iba estudiando la topografía. Mis conocimientos ahora eran mucho más completos; sabía que solo para llegar a la sima de Cueto, tendríamos que ascender por un empinado camino durante tres o cuatro horas, con toda la carga a cuestas, y entonces, aún no habríamos comenzado. Lo que más me preocupaba era la cantidad de horas que después, esta aventura nos iba a exigir, suponíamos serían de 20 a 36; de no surgir problemas importantes. Esto me exigiría una forma física muy buena, si no quería pasarlo realmente mal.

 

Así pues, la aventura propiamente dicha, empezaría en la boca de la sima de Cueto y, para empezar: un pozo de 302 metros, el mítico pozo de Juhué, al que seguirán una ristra de pozos, menos soberbios, que nos dejarán a una profundidad de -581 m. Ahí comenzará la segunda parte de la travesía; las grandes galerías de Cueto, que desembocarán a través del Pozo de Navidad en la Red Intermedia, tercera parte. Aquí, mediante el paso por el Pozo de la Unión y el Agujero Soplador se llega a la cuarta parte; las magníficas galerías de Coventosa, en las que se hará necesario cruzar tres lagos para por fin salir, a 695 metros más abajo de Cueto y tras haber recorrido seis kilómetros y medio de galerías.

 

Emilio me llama unos días más tarde; me daría una respuesta negativa a unirse a nuestros planes. Me alegó que no creía estar en la forma física adecuada para la ocasión.

 

¿Estaría yo en suficiente forma? En las salidas a la Pedriza me encontré bastante bien, pero eso tampoco era muy determinante. En fin; no lo sabré hasta que no esté allí, me decía por entonces.

 

Los días se iban aproximando y llamé a Félix para que me despejase algunas dudas respecto a lo que había de llevar. No habría que transportar ni demasiadas cosas ni demasiado pocas; las justas. Carburo para una autonomía de 36 horas, tope de tiempo que habían calculado si no se daba ningún percance. Yo debería llevar también pilas para la misma autonomía de luz eléctrica, ya que tenía algunos problemas con mi instalación de carburo y debía prever un fallo total de ésta. Comida para dicho tiempo. Neopreno completo para cruzar los lagos y una bolsa estanca para transportar lo que no se debe mojar.

 

Además, me recordó que debería estar en forma para la ocasión, que la travesía iba a ser muy cañera. Además, me comunicó que pretendíamos realizarla sin equipo de apoyo, que normalmente se utilizaba para que cruzasen los lagos de Coventosa y dejasen preparados al otro lado los botes hinchables que utilizaría el equipo que realizaría la travesía. Nosotros en vez de botes utilizaríamos neoprenos y colchonetas inflables que deberíamos transportar durante toda la travesía.

 

También me comentó que, para ganar tiempo, pretendíamos no esperarnos en los rápeles ni en los pasos difíciles, cada uno tiraría para delante una vez realizados, sin preocuparse del que viniese detrás, con quien se encontraría en la siguiente dificultad. La idea no me ilusionaba demasiado, pero sí que nos haría ganar tiempo, nuestra mayor preocupación

 

Reconozco que después de esta última llamada empecé a sentir una cierta intranquilidad, me empezaba a dar cuenta que todo esto iba en serio; que dentro de unos días me las estaría viendo con esas galerías y esos pozos. ¿cómo nos desenvolveríamos en el pozo de Juhué? ¿dará tanto miedo un pozo de 300 metros? Pero ya no era ese abismo lo que más me preocupaba; eran los siguientes pozos de cueto, narrados en las descripciones como tortuosos, con muchos goteos de agua y con inevitables roces de cuerda, los que ahora presidían mis preocupaciones, por no hablar de los restantes pozos de la red, en los que se presumía no haber una instalación muy segura, y de la posibilidad de pérdidas en la Red Intermedia.

 

Creo que estas cuestiones me empezaron a afectar más de lo que pensaba, pues comencé a sufrir noches de insomnio, que me dejaban atontadísimo durante el día. Si sigo así, no podré ir a Cueto, me decía. Ayudado por esta reflexión y de un jarabe tranquilizante, que solía usar los días que precedían a un examen, conseguí por fin, dormir y recuperarme del sueño perdido.

 

Quedaban solo dos días para la cita, ya había quedado con Félix en que pasarían a recogerme a Madrid, en La Paz, a las ocho de la tarde, ese jueves, 7 de septiembre. Seríamos uno más al parecer, con lo que, lo más seguro es que hiciésemos dos grupos de dos para descender los pozos. Así que iremos; Félix, Juan, a quienes ya conocía de la Torca del Carlista, otro personaje de Valencia y yo.

 

A Félix era a quien mejor conocía, posiblemente por su marcada extroversión. Fue con el que más conversación mantuve en nuestras andanzas por el Carlista. Con treinta y seis años, casado y con un "nano" de siete, era una clase de espeleólogo con la que aún no me había topado y que denotaba una importante experiencia unida a una gran prudencia. Era esa clase de espeleólogos a los que uno se imagina realizando difíciles pasajes con total seguridad.

 

Juan, de similar edad, también casado y con un hijo, a diferencia con su amigo, tenía un físico que no haría sospechar de las actividades que realizaba, iba mucho más en consonancia con las de sus tareas laborales como conductor de la E.M.T. Pero respondía muy bien con el tipo del personaje tranquilo, que no se imagina uno metido en semejantes fregados, pero que luego, una vez en ellos, se desenvuelve como nadie.

 

Esa era mi opinión, muy ligera, pues muy poco era lo que había podido conocerles. Muy distinta era la de mi madre, que con ese sexto sentido que tiene las madres, o ese oído fino para interceptar las conversaciones telefónicas, se había percatado de que esta salida no era como las demás, y sonsacándome información adicional, había metabolizado mi opinión sobre ellos, en que se trataba de unos locos, que por hacer lo que hacían con sus años y además con familia, eran unos irresponsables de gran tamaño.

 

Todos mis esfuerzos por convencer a mi madre eran en vano. Todos mis razonamientos parecían volverse contra mí, después de pasar por su elucubrante mente. Ahora tenía que unir a mis inseguridades, en mí naturales, para estos casos, los argumentos apocalípticos de mi progenitora, que luchaba con loca desesperación contra mi psicología, para hacerme desistir de aquella empresa.

 

Llegó el día. Ya tenía todo preparado. Estaba en la oficina con la mente más puesta en Cueto que en mi trabajo, cuando recibí una llamada. Era Félix. ¿qué pasará? ¿habrán anulado la salida? el pronóstico del tiempo no era muy optimista para esos días ¿habrá sucedido otro tipo de imprevisto? de esos intrascendentes.

 

- Hola Julio, ha habido un cambio de planes.

 

- Dime.

 

- En vez de a las ocho, quedamos dos horas más tarde, o sea; a las diez ¿vale? Se nos une otro chaval, vamos a recogerlo y tendremos que perder unas horas. O sea, que quedamos a las diez...nos podremos retrasar algo, vamos, que puede ser a las diez y media ¿vale Julio?

 

- Vale, muy bien.

 

- Haremos entonces dos grupos, uno de dos y otro de tres.

 

- ¿Hace falta que me lleve alguna cuerda?

 

- No, ya las llevamos nosotros. No te preocupes. ¿Entonces lo dejamos así? ¿vale?

 

- Muy bien, pues... nos vemos Félix.

 

- Hasta esta tarde.

 

Pues pasaron las horas y llegó la de partir. Salía de casa despidiéndome de mi nerviosa madre. Su último consejo fue el siguiente:

 

- Hijo, ten mucho cuidado, y pon bien los ganchos.

 

Ya estaba en La Paz, había anochecido, y esperaba a mis amigos mientras contemplaba a la gente pasar a mi lado, seguramente que habían terminado su jornada laboral e iban a sus respectivas casas, en donde cenarían, luego se sentarían en un confortable sofá para ver un rato la televisión y por fin se irían a sus acogedoras camas. Y yo, en cambio... no me esperaba nada confortable. En ese momento empezaron a desfilar por mi mente unas imágenes que me representaban sentado en el sofá del salón, viendo cómodamente la tele. ¿Y quién me manda a mi meterme en esta historia? Fue la pregunta que seguidamente me hice. Pregunta tantas veces repetida en los momentos como éste; pero que nunca me había surgido con tanta intensidad.

 

Esta gente empezaba a retrasarse, ya eran casi las once. "Si salimos a estas horas, ¿cuándo llegaremos?,¿y a qué hora nos levantaremos mañana?, no sé si nos va a dar tiempo, me parece que vamos bastante pillados para hacer lo que nos proponemos". Me hacía estas reflexiones a la par que me iba invadiendo un sentimiento que me hacía preferir casi que no viniesen, que hubiese surgido algún contratiempo sin importancia que abortase nuestros planes. Yo sentado confortablemente en mi sofá... un fin de semana tranquilo... ¡una furgoneta! ¿serán ellos? No, falsa alarma.

 

Mi subconsciente trataba por todos los medios de convencerme de que lo que pensaba hacer con mi cuerpo era una soberbia tontería; y lo hacía con dispares argumentos:" ¿me estaré sobrevalorando? a ver si me la estoy jugando. ¿qué necesidad tengo...?".

 

Pasaban correosamente los minutos." Si me dan las doce, ¿qué hago? ¿me voy para casa y se acabó la historia?... Otra furgoneta, podrían ser ellos esta vez ". Veo que se acerca alguien, intento reconocerlo; ¡sí!, es Félix, me es familiar esa silueta con vaqueros cortos y camisa de tirantes. Un breve saludo, y me acerco con él al coche. Salen los demás a saludarme, ¿cómo serán mis futuros compañeros de aventura? El primero que veo me es familiar; Juan, le saludo. Ahora me presentan a Moncho, más joven que mis dos amigos, de complexión fuerte, más dedicado a las actividades montañeras, como por el camino me fue contando. Y le toca el turno a Lorenzo, “Lorenz" para los amigos. Este, por su aspecto, debo confesar que me produjo una gran impresión; de

anatomía menuda, enjuto de rasgos, lucía una buena melena ya manchada de canas que hacían intuir sus treinta y siete años. Una desastrada barba daba la última pincelada a tan pintoresco personaje, de habla sosegada y tremenda simpatía. En ese momento, como me doy cuenta que suelo hacer siempre, me entretenía en imaginar a mis nuevos compañeros con los atuendos de espeleología, progresando por pozos y galerías. Siempre me ha divertido este juego de imaginar cómo será la metamorfosis que acontece en la boca de una cueva a los que se disponen a entrar en ella.

 

El viaje transcurre tranquilo en la monotonía de la noche. Al principio, la conversación es muy activa, pero luego el sueño se va apoderando de todos nosotros, quedando solo el conductor en vela. Me doy cuenta de ello en un intervalo de mi sueño y pregunto a Félix qué tal va, me contesta que muy bien; y aunque intento darle algo de conversación para asegurar su guardia, no se me ocurre nada y acabo cediendo otra vez al sueño.

 

Algo me saca de mi letargo; estamos frenando. Félix habla con Lorenz y ambos se lamentan de algo. Sin apenas moverme y entornado un solo ojo, pregunto el motivo de la repentina parada. Félix se baja del coche y Lorenz me explica que hemos atropellado algo. Me incorporo un poco cuando el primero aparece con un cernícalo en la mano. El animal se había roto el cuello cuando levantó el vuelo al pasar nosotros por encima. Se le dejó en la cuneta y seguimos a delante.

 

Llegamos a Arredondo cerca de las cuatro de la madrugada, nos desviamos hacia el pequeño pueblo de Socueva, de tan solo seis habitantes, y en el soportal de su ermita, sin más dilaciones nos metimos en nuestros sacos.

 

Amanece en la misma tranquilidad de la pasada noche. El cielo se muestra algo revuelto de nubes, pero no demasiado amenazador. Poco a poco nos vamos desperezando, hasta que a las diez estamos todos en pie, no habiendo dormido mucho, pero sí todo lo que nos apeteció.

 

Juan seguía consultando su reloj-barómetro como había estado haciendo durante todo el viaje del día anterior; mostraba que la presión continuaba en un tímido aumento, cosa que por lo menos parecía reconfortarnos.

 

Durante el desayuno se ultiman detalles, resuelvo mis últimas dudas y recuerdo el comentario de Juan en la noche anterior sobre la posibilidad de alquilar un burro para que nos porté la carga. La idea me pareció genial y la expuse de nuevo. Pero había mucho escepticismo al respecto, no se veía fácil alquilarlo con tanta precipitación. Aun así, yo no la abandoné; "si lo consiguiésemos, la de esfuerzo que lograríamos ahorrarnos". En esto, que pasaba por aquellos lares un buen señor con un mulo. Se hizo el silencio. Todos nuestros ojos clavados en aquel animal. No lo dudé; "éste no se escapa", pensé para mí.

 

- Buenos días, perdone... Perdone... Esto, perdone... "es que no me va a oír este tío". ¡Oiga, perdone!

 

Por fin aquel hombre se para en seco y se vuelve hacia mí, como para escucharme.

 

- Buenos días, esto... Nosotros vamos a subir a Cueto, y queríamos alquilar un mulo para que nos suba la carga. ¿sabría usted de alguien que quisiera hacerlo? "que diplomacia más descarada"_ ... o usted mismo, si le interesa.

 

Aquel hombre no decía nada, solo pensaba, cavilaba mirando a su animal y a nosotros. Por fin habló:

 

- Al Cueto... ¿cuantos kilos serían?

 

Y todos nosotros, entrecortándonos:

 

- Pues... ¿diez cada uno? No sé... Creo que sí, diez. Cincuenta en total ¿no?... Sí. Sí. Cincuenta, sí. Serían cincuenta kilos.

 

- Cincuenta... al Cueto...

 

El buen hombre nos seguía manteniendo en ascuas. Al rato concluyó:

 

- Creo que yo se lo podría llevar, tengo que subir ahora a dar de comer al ganado muy cerca de allí... Les podría llevar la carga cerca de la boca, como a unos quince minutos de ella, pues el "macho" no puede llegar hasta arriba del todo.

 

- ¿Y cuánto nos costaría?

 

Otro espeso silencio, el hombre medita, calcula y concluye:

 

- Seis papeles.

 

Nos parece magnífico, por 1200 pesetas cada uno, nos ahorraremos cantidad de trabajo. Se me antojó un término muy poco propio para ese rústico personaje, el de "papeles". El continuaba diciendo que nunca había porteado, que otro señor lo solía hacer por nueve, pero es que él tenía que subir para allá y patatín patatán. En fin, el caso es que empezábamos con muy bien pie.

 

Al poco tiempo ya estábamos cargando el mulo, y se hicieron las primeras fotos en su honor.

 

Nos organizamos: Lorenz y Juan irán a Coventosa, donde colocarán una cuerda fija en un resalte de 10 m. que hay cerca de la boca y sin la cual no podríamos superarlo cuando llegásemos a él, al final de la travesía. Félix irá a Arredondo a pedirle al alcalde la llave de las escuelas, que éste deja a los espeleólogos para su estancia. Moncho y yo acompañaremos a Gregorio, como más tarde dijo llamarse, con su mulo.

 

Así pues, nos pusimos todos en marcha. Ahora mis fantasmas parecían haberse esfumado, es como si mi subconsciente temeroso ya se hubiese rendido a la firmeza de mis planes. En los primeros metros, por el pueblo, nos entretuvimos un momento con un hablador vecino, parecía adivinar que subíamos al Cueto. Proseguimos en alcance de nuestro porteador, pero... "¿dónde se ha metido el mulo?". Lo habíamos perdido, ¡que imbecilidad! Tuvimos que preguntar por dónde se subía al Cueto y tirar fincas a través. Al rato se dejó ver entre el verdor la silueta del animal cargado con todos nuestros bultos de colores. En pocos minutos estábamos ya con Gregorio, que se estaría preguntando qué había pasado con nosotros.

 

Durante todo el trayecto por la angosta y empinada senda, fuimos hablando con Gregorio, Moncho se mostraba muy conversador, le hacía esas preguntas simples y sencillas que a los de ciudad se nos ocurre hacer a las simples y sencillas gentes del campo, como si de cosas más profundas no se pudiera hablar con ellos.

 

La estampa me gustaba: el mulo, estoico, subiendo todos nuestros trastos, el perrucho que también le había tocado subir y no parecía muy contento por ello, iba correteando siempre cerca de las patas del resignado animal, que no paraba de forrajear en la mínima oportunidad que encontrase en el camino. Gregorio ya se tornaba más hablador e iba conversando con nosotros dos, mientras yo, de vez en cuando, les hacía detenerse para hacer alguna fotografía con la cámara de Juan.

 

- ¿Suele venir mucha gente por aquí, Gregorio?

 

- Últimamente sube muy poca gente al Cueto. Ahora van más a la sima de Tonio, que parece que no es tan dura. Antes sí, cuando estaban aquí trabajando los franceses... sí que había mucho trasiego por aquí, pero éstos se lo subían todo a cuestas, no utilizaban animales, debían ser unos bestias.

 

- Lo que son es unos agarrados, que con tal de no pagar un mulo...

 

Contestaba Moncho. Mientras, íbamos ganando altura, y el paisaje iba ganando belleza.

 

- ¿ha llovido mucho últimamente?

 

- Nada, Aquí tenemos una "seca" muy grande desde hace mucho. El otro día parecía que iba a caer una buena, y solo cayeron cuatro gotas.

 

Eso casi descartaba por completo que una crecida nos dejase atrapados en Coventosa.

 

Hacemos un alto en unas cabañas, donde Gregorio tiene unas vacas. Arregla un poco el estiércol, rellena los pesebres, nosotros las cantimploras, y ordeña una vaca ante mi mirada curiosa, para darle la leche a un desconfiado ternerito. Mientras, Moncho se muestra preocupado por la verruga que le ha crecido en la planta de un pie y que le empieza a dar la lata.

 

Como curiosidad, he de apuntar que mientras Gregorio efectuaba todas esas tareas, uno de nosotros dos debía estar al cuidado del mulo, pues de no hacerlo así, el animal se encargaría

de descargarse los bultos a dentelladas.

 

Proseguimos. Nuestro cicerone nos indica donde se encuentra la sima de Tonio. En ella comienza la también conocida travesía de Tonio-Cañuela.

 

- Bueno, pues aquí se acaba el billete.

 

Estamos ya junto al lapiaz del Cueto, por aquí ya no puede pasar el animal. Gregorio nos da unas explicaciones de por dónde seguir y donde podremos coger agua. En ese momento empiezan a aparecer nuestros restantes compañeros, que a su ritmo y sin carga habían realizado el empinado trayecto en un tiempo récord. Pagamos a Gregorio su trabajo y nos despedimos de él.

 

El resto del camino era casi más hermoso; un formidable lapiaz repleto de agujas de caliza, apuntando al cielo, como si de cientos de lápices se tratase, se iban mezclando suavemente con un bosque de hayas, tapizado de musgo y helechos que parecía provocar la aparición de algún gnomo. Lorenz comenta:

 

- ¡Que gozada! esto es para venirse aquí; pero no a hacer espeleología... para acampar...

 

- Sí, con una buena moza. Te comprendemos.

 

El paisaje se iba complementando con numerosas dolinas y hundimientos en derredor, en algunos de cuyos fondos se adivinaban las bocas de tenebrosas simas. Aquello empezó a mostrarse acribillado de agujeros, había simas por todas partes. Creo que en todas nuestras mentes estaban pasando las mismas preguntas: ¿cómo serán? ¿qué profundidad tendrán?

 

De repente el paisaje se me tornó familiar... ¡y nunca había estado allí! Era la misma estampa de la foto de un libro en la que rezaba la leyenda: "última subida hacia Cueto". Y allí, en una piedra, con pintura blanca, estaba escrito: "Sima de Cueto". No se veía nada, tan solo una leve sombra en la hierba que tapizaba la ladera. Nos acercamos y la sombra nos mostró una pequeña entrada a una oquedad, que más bien parecía la madriguera de un lobo. Esa era la humilde entrada a una gran cavidad.

 

Solo restaba ya para entrar, ir a por agua y comer, pues ya eran pasadas las tres de la tarde. Así pues, empezamos a buscar las fuentes que nos había indicado Gregorio. La búsqueda no fue muy fructífera, tan solo unos charquitos en los que poder coger agua con las jeringuillas, y eso sí; cantidad de agujeros por todas partes. Esa zona estaba totalmente taladrada.

 

En ese momento Moncho empezó a echar de menos su carburero. Unos minutos más tarde ya era un hecho; lo había perdido en el transcurso del porteo. Posiblemente se cayó del mulo junto con su casco en cierto momento de la ascensión, y yo, que caminaba detrás del bicho, para evitar precisamente que se perdiese algo, se me debió ir toda la atención al blanco casco, que fue víctima de un pisotón del jumento, y no me percataría de la caída del carburero, que iba alojado en su interior.

 

Estaba claro de que ahora seríamos solo cuatro para entrar. Pero Moncho se resistía a la idea y exponía la de entrar solo con luz eléctrica, con solo dos pilas alcalinas. Lorenz se iba encargando de quitárselo de la cabeza, mientras a mí se me antojaba la idea como una insensatez poco acorde con unas personas de experiencia. Entonces el subconsciente vio la ocasión de poder quemar su último cartucho y hacerme desistir en el último momento de mi aventura. Y me trajo a la memoria los argumentos de mi madre sobre que me iba a ir con unos locos inconscientes.

 

Preámbulo de una tormenta de indecisión que poco después se me formaría.

 

Ya estábamos, de nuevo, en la entrada de Cueto. Llegó el momento de la verdad. Nos colocábamos todos nuestros equipos de vertical; todos menos Moncho, que nos miraba con resignación. Me parece mentira verme junto a la entrada a los pozos de Cueto. ¿Quién me iba a decir hace unos años...? La conversación seguía fluyendo, aunque más viscosa, por la tensión que lógicamente iba apareciendo.

 

Yo seguía luchando con mis temores. Mi cabeza sabía fríamente que estaba preparado; pero mi miedoso subconsciente no quería darse cuenta y me atormentaba con ideas tontas. En realidad, ya estoy acostumbrado a esta lucha contra mí mismo, y sé que es cosa de la ansiosa espera antes de la acción, el miedo del soldado en la trinchera, el miedo del torero las horas antes de la corrida, parecido miedo el que antaño sentía cuando estaban a punto de darme la salida en una prueba de atletismo; cuando era éste el deporte que me cautivaba. Un miedo que se disolvía como un fantasma en el mismo momento de entrar en acción.

 

Cerraba cuidadosamente mi maillón, me colgaba todos los aparatos y Félix empezó a comentar:

 

- ¿Os imagináis ahora lo que deben estar pensando los del club?

 

- No querían que fuésemos.

 

- Bueno, es que pretendíais ir solo vosotros dos.

 

- ¡Va!, eso solo era envidia, que vamos a hacer Cueto-Coventosa antes que ellos, y nada más.

 

- Me parece que os tienen como unos locos.

 

Félix no sabía lo que estaba diciendo, una seria duda me taladraba la cabeza en esos instantes: ¿me estaría embarcando con la sección suicida de un grupo? Y otra cosa fue a unirse al cesto; Lorenz tomó la palabra con un tono un tanto fúnebre:

 

- ¿Sabéis lo que os digo?

 

Las miradas se concentraron en aquel pintoresco personaje mientras esperábamos respuesta.

 

- Que no entro.

 

Conmoción; - ¿Eh? ¿qué dices? - ¿Cómo que no entras? ¿qué pasa? - ¿Por qué?

 

- Pues... estoy pensando que no me apetece. No me encuentro con ganas. Creo que me voy a quedar con Moncho.

 

- Pero, después de llegar hasta aquí...

 

Lorenz respondía con una sonrisa de conformismo, y luego añadía con decisión:

 

- Mirar lo que podemos hacer: nosotros seremos el equipo de apoyo, os llevaremos los neoprenos al otro lado de los lagos y os quitaremos un gran rollo.

 

Ya solo éramos tres.

 

- Y, además, los tres solos iréis echando leches. Seguro que así, os la hacéis en veinte horas.

 

Y empezó a brotar un optimismo un poco desmesurado, ya que seguíamos formando un grupo de tres, que, a la hora de progresar por los pozos, se mostraría mucho más lento que uno de dos.

 

Entonces se empezaron a fijar en mí.

 

- ¿Vas a entrar con ese mono de nylon? Te vas a asar.

 

- Toma el mono de Moncho, irás mucho mejor.

 

- ¿sólo llevas eso de ropa? Te vas a helar. Ponte este forro polar.

 

Yo me dejaba vestir como si fuese una modelo; dejándome aconsejar por su mayor experiencia. Pero estaba cometiendo un error al no escuchar a la mía propia, ya que ese forro polar solo me traería incordios.

 

Pues, llegó el gran momento. Acciono el piezoeléctrico de mi iluminación... y la llama no va. Lo intento otra vez... y otra. Nada. Agito el carburo y le vuelvo a dar.

 

- Esto no va.

 

Félix empieza a enredar en mi carburero buscando la causa del fallo y de repente mi flequillo sale ardiendo, ha arrimado demasiado su llama. Pero después de recibir manotazos en la cabeza de parte de todo el mundo, todo queda en un repentino susto. Ahora parece que sí se ha encendido una leve llamita. ¡vamos para dentro!

 

Encorvados vamos introduciéndonos en aquel orificio y las luces de nuestros carburos bañaban intensamente las cercanas paredes de una angosta y polvorienta galería. Apenas andados unos pocos pasos, algo hace que nos paremos. La galería había perdido su suelo; y en la pared de la izquierda aparecen unas cuerdas fijas que forman un pasamanos, que deja justo en la mitad del desfondamiento. ¡Ela ahí!: la cabecera del gran pozo de 302 metros, el Pozo de Juhué. Modesta cabecera, que a su vez no haría sospechar a nadie del abismo que bajo ella se abría. Me imagino la cara de los descubridores de Cueto, cuando después de meterse por un horizontal y polvoriento agujero tirasen una piedra para medir la profundidad de la grieta en la que acababa. Y tras unos largos y desconcertantes segundos, esperando oír el golpe, solo escuchasen un lejano y leve rumor. Ese fantasmagórico rumor de los grandes espacios vacíos. Algo parecido al rumor de las catedrales, que describió Bécquer en sus leyendas.

 

Félix empezaba a anclarse al pasamanos, Juan desenfundaba la cámara de fotos y Lorenz comentaba con un tinte morboso:

 

- Procurar no hacer demasiados ruidos ahí dentro, que se oye mucho la profundidad... y da mucho miedo.

 

Félix ya ha colocado la cuerda y se dispone a bajar. Una foto para la posteridad y desaparece por la boca.

 

Aún me parece mentira el estar aquí. Pasan unos minutos y recibo la voz de "libre" desde abajo. Me toca a mí.

 

Coloco un cabo de anclaje, luego el otro, me voy moviendo ayudándome con las paredes. Ya estoy sobre la vertical. Esta vez trato de no pensar en la distancia que me separa del suelo, como tenía costumbre de hacer hasta ahora. Foto. No saltó el flash. Otra foto. Ahora sí. Me desanclo y comienzo a descender tímidamente. La pequeña grieta de la cabecera se transforma rápidamente en una fantástica sección circular de unos 15 metros de diámetro, de paredes lisas y verticales, con un apreciable estriado en sentido vertical que aún le confería mayor espectacularidad. Miro hacia abajo; la luz de mi carburo apenas ilumina veinte metros de pozo, proyectando sombras verticales que quieren confluir en un punto de fuga, allí, a trescientos metros más abajo. Un punto de luz en la densa negrura delata la presencia de mi compañero, 40 metros más abajo. Está esperándome en la primera reunión.

 

Este pozo está dividido en ocho tramos (ocho tiradas de cuerda), mediante siete "reuniones", formadas por cuatro anclajes (parabolt), dos de ellos, unidos por una cadena fixe con argolla para pasar por ella la cuerda, de manera que ésta quede colgando en doble. Un nudo hará tope en dicha argolla para hacer posible descender por un extremo de la cuerda; mientras que el otro servirá para tirar posteriormente de él y recuperar la cuerda una vez todos los espeleólogos se encuentren bien asegurados en la reunión inmediatamente inferior. De esta forma se irán sucediendo las maniobras de rapelar a la reunión inferior, asegurarse a ella y retirar la cuerda para montar la siguiente tirada.

 

Nosotros llevamos dos cuerdas de más de 50 m. y 9 mm. de diámetro para las maniobras de descenso; y 40 m. más de seguridad para el caso de que se nos enganchase una cuerda al ser recogida. Posibilidad nada remota.

 

Continúo bajando hacia mi compañero mientras la cuerda me hace oscilar en vertical en el habitual fenómeno conocido por los espeleólogos como "chicleo", producido por la elasticidad de las cuerdas, más acusado cuanto más largo es el tramo a descender; y más desagradable, cuanto más lejos se esté del suelo.

 

De repente se me hace la oscuridad. Echo mano al accionador de encendido piezoeléctrico; y con la tradicional explosioncita se enciende de nuevo la llama del carburo. Sigo bajando y de nuevo la oscuridad. Vuelvo a encender; esto empieza a no gustarme. Se apaga otra vez. No esperaba que el carburero empezara a darme problemas tan pronto. Tantas veces acciono el encendido, otra tanta se me apaga. Una tremenda frustración me invadió, una cosa estaba clara, así no podía realizar la travesía. Al final mi madre se saldría con la suya.

 

- ¡Eh!, no me va el carburo. Subo.

 

- ¿Qué pasa?, ¿qué dices?

 

- Que no me funciona el carburo, así no puedo bajar. Subo.

 

- Pero hombre... ya lo arreglaremos abajo, no te preocupes.

 

- No creo que se pueda arreglar, ya me lo conozco.

 

Félix, desde abajo, ya impaciente de estar colgado en la reunión me hace una pregunta tajante:

 

- Julio, ¿crees que podríamos arreglártelo abajo?

 

- No.

 

- Pues entonces sube.

 

Cambio los aparatos y comienzo a subir. Maldigo mil veces el carburero, imagino las decepcionantes explicaciones que daría a mis amigos del grupo. Sé que posiblemente haya perdido una oportunidad única de realizar este sueño; y lo he tenido al alcance de la mano, lo he rozado, se me ha escapado de entre los dedos.

 

Llego de nuevo a la cabecera, ahí están los demás, mirándome con triste contrariedad. Juan no lo duda y comienza a bajar. Le paso mi navaja, que por algún motivo pedía Félix desde abajo.

 

Lorenz se empeña en convencerme que lo del carburo tiene arreglo. Veo que no le hace gracia que bajen ellos dos solos; pero yo lo tengo muy claro, sería una temeridad. Lorenz sigue argumentando sin descanso, pero yo no le escucho apenas, estoy demasiado indignado con mi suerte. Lorenz era entonces la antítesis de mi subconsciente, éste parecía haberse retirado, confiado de su victoria, ahora que mi consciente estaba también de su lado.

 

Pero entonces algo dijo Lorenz que me hizo volver a prestarle atención.

 

- Pero si tienes una llama magnífica, tío. Mírala.

 

¡Era verdad!

 

Ahora sí que estalló la tormenta en mi interior, estaba en el paroxismo de la indecisión. ¿Qué hago? ¿Que no hago?... El carburo no va bien, pero ahora la llama... y si vuelve a fallar... y si no vuelve a fallar. ¡Qué momentos!

 

Ahora veo una luz de esperanza. Lorenz también la ve reflejada en mis ojos y ataca con más fiereza.

 

- Vamos tío, decídete, que tienes una llama de puta madre.

 

Si hubiese podido, me habría anclado él mismo a la cuerda y me hubiese hecho descender distrayéndome con argumentos, como si fuese un pequeño diablillo.

 

Era hora de tomar una grave decisión. Fue entonces cuando recaí en la presencia de un cierto Amigo; y echándole una mirada simbólica, le pedí que mi decisión fuese la de su mayor agrado. En ese momento se calmaron las aguas y opté por la medida clásica que suelo tomar en estos momentos: cuando no veo claro las cosas opto por dar un tímido paso a delante para poderlas ver mejor. Así que dije:

 

- Voy a bajar otra vez. Si se me vuelve a fastidiar la luz, me subo definitivamente.

 

Recibí la inmediata aprobación de todos. Lorenz era feliz.

 

Por segunda vez me encontraba sobre la vertical. Notaba que Félix se empezaba a impacientar y era lógico; con todo, ya llevaba media hora colgado en el vacío. Como tenga que subir de nuevo, me mata; pensaba para mí.

 

Iba bajando de nuevo; y en esta ocasión estaba más pendiente de mi iluminación que de la propia vertical. Me voy acercando a mis amigos, ya les distingo bien detrás de sus llamas. Se separan levemente y me hacen señas de que me instale entre ellos. Como si de un singular vehículo atracando me tratase, me daban instrucciones de donde debía asegurarme con mis cabos de anclaje.

 

Mientras cortamos un trozo del final de la cuerda, que estaba forrado de cinta aislante y que hacía de candidato a quedarse atascado en la argolla de la reunión, los de arriba no nos quitaban ojo. Lorenz me diría más tarde que era impresionante vernos desde arriba; éramos tres lucecitas muy apretadas y la del medio ligeramente separada, como si estuviésemos en la barra de un bar y uno intentase pedir consumición, sin conseguir arrimarse a la barra. Cierto era que, aunque las reuniones en teoría eran para un máximo de cuatro personas, los tres estábamos realmente apretados.

 

Y llegó el momento crucial... La primera recuperación de cuerda. A partir de ese momento ya no habría posibilidad de marcha atrás. Una vez retirada la cuerda de la reunión de arriba, la única salida estaría hacia Coventosa. Era como cerrarnos una puerta a la espalda, en ese momento solo tendríamos la opción de seguir hacia delante, hacia una salida que estaba lejos, muy lejos.

 

Empezamos a tirar tímidamente de un extremo de la cuerda y contemplábamos con inquietud como el otro empezaba a subir, desapareciendo súbitamente en la negrura del pozo. Creo que Félix hizo un ligero comentario acerca de la irreversibilidad de aquel acto. Durante unos largos segundos... ya no sé, si minutos, seguimos tirando de la cuerda. De vez en cuando parábamos y le hacíamos un nudo, que asegurábamos a la reunión, con el fin de que la longitud de cuerda que cayese fuese la menor posible, ya que inevitablemente caería cobre nuestras cabezas.

 

De repente la cuerda se aflojó característicamente. Ya estaba suelta. ¡¡Cuerda!!. Los tres nos pegamos frenéticamente a la pared. Se hizo un silencio, un escalofriante silencio. Entonces se empezó a oír allí en lo alto un lejano silbido que colmó totalmente la escena, empezó a aumentar in crescendo y de forma entrecortada, como veloces escalas de un alocado violín, denotando la rapidez con la que se nos acercaba la cuerda... y entonces empezamos a notarla sobre nuestras cabezas; furiosas gazas de cuerda nos golpeaban con cada vez más violencia, como un replique de tambores en nuestros cascos. No quedaba un solo músculo de mi cuerpo sin estar tenso. Parecía que no iba a acabar nunca, pero por fin cesó, aunque por solo un instante, porque automáticamente, con igual violencia, las gazas de cuerda empezaron a abandonarnos, precipitándose furiosamente hacia el negro abismo, a la par que aquel silbido empezaba nuevamente a producirse, pero ahora bajo nosotros, y alejándose velozmente. Como si se tratase del negativo del primer silbido, acabó en un inquietante silencio. Y acto seguido, estalló un tremendo latigazo que irrumpió en ecos por todo el pozo. El aterrador concierto acabó con ese escalofriante rumor de los grandes espacios vacíos.

 

Nos miramos los tres sin decir nada. Félix, dirigiéndose a mí, rompió el silencio:

 

- Me parece que tu madre tenía razón; ¡estamos locos!

 

Desde arriba, nuestros otros compañeros también hacen algunos sarcásticos comentarios. Quizás por el susto, les pedimos que no se retiren hasta la segunda tirada, ya que en caso de presentarse problemas aún podrían tratar de ayudarnos con las cuerdas que se habían quedado arriba.

 

Preparamos la segunda tirada de cuerda. Baja Félix primero, luego yo, luego Juan. Comienza la segunda recuperación y se nos vuelve a obsequiar con los mismos escalofriantes silbidos, el replique de cuerdas sobre nuestras cabezas y el tremendo latigazo final. Volvemos a respirar profundamente y por fin decimos hasta luego a nuestros amigos de arriba.

 

Preparamos la tercera tirada. Hasta ahora las paredes se muestran tan lisas que no ofrecen ni un mínimo resalte para apoyar un pie. Juan empieza a sufrir por causa de su arnés; y es que llevamos mucho tiempo colgando. Pero no será la única causa de sus quejas; en la tercera retirada de cuerda, ésta le propina un fuerte golpe en la oreja que le estará doliendo durante un buen rato.

 

Se suceden las tiradas, la tercera, la cuarta, la quinta... me empezaba a costar trabajo seguir la cuenta. Pero al acabar la quinta, llegamos a una cómoda repisa, a 200 m. de profundidad, con la que Juan soñaba desde hace ya... ¡algunas horas!

 

Un respiro... y seguimos. Continuamos con la serie interminable de tiradas. El espectáculo siempre el mismo: los veinte metros de pozo visible bajo nuestros pies, y la oscuridad. Y el sonido de la caída de las cuerdas... se sucede una y otra vez; se nos grabará para siempre en nuestras cabezas. En uno de los rápeles Juan llegó a hacernos respingar al imitar inconscientemente el silbido de la cuerda, como si de una canción pegadiza se tratara.

 

Continuamos con las tiradas, con las mismas operaciones de siempre, que se realizaron en el mismo orden, cosa que por lo menos, creo que nos ahorró tiempo.

 

Después de tres tiradas más llegamos por fin al fondo de este interminable pozo de Juhué, tras permanecer cuatro horas en sus paredes.

 

Para entonces mi carburero no parecía ir nada bien y tuvimos que perder algún tiempo en arreglarlo, cosa que se consiguió sin saber muy bien cómo.

 

Pues ya habíamos descendido el gran monstruo, pero no había acabado aquí la vertical, tan solo llevábamos la mitad. Ahora teníamos delante un pozo de 55 metros. que se abría a través de un angosto ventanuco justo en la base del Juhué. Este, más tortuoso, tenía una cuerda ya instalada, pero colocamos la nuestra. Juan baja primero y nos recomienda que bajemos por la otra, ya que existe gran peligro de que la nuestra se nos enganche al retirarla. Así lo hacemos, controlando mientras la recogida, que va efectuando Juan. Nunca me ha agradado usar cuerdas ya instaladas, pero esta ofrecía buen aspecto y parecía más sensato usarla; vernos en la situación de un enganche de cuerda no agradaba nada.

 

En el fondo de este pozo nos esperan dos pocitos de 7 y 8 metros, más enrevesados todavía, y a su vez equipados con cuerda. Me voy dando cuenta que en esta travesía me hartaré de usar cuerdas ya instaladas.

 

Ahora le toca el turno a un pozo de 69 metros, pero a los 25 se tendrá que realizar un péndulo hacia una ventana lateral que nos hará asomarnos a otro pozo paralelo por el que bajaremos hasta llegar a seis metros de su fondo, allí realizaremos un péndulo más, que nos dejará en la boca de unas gateras que terminan descendiendo en rampa. La primera parte de este pozo está ya equipada, hasta que te deja justo en la vertical después del péndulo, ahí colocamos la nuestra y otro pozo más. Recuperamos sin problemas.

 

Aquí la recuperación de la cuerda no era tan espectacular como en el primer gran pozo, ya que no caía a plomo, pero tenía la emoción del posible enganche.

 

¿cuál es el próximo? Un P-28 de estrecha cabecera y en forma de diaclasa. Este tampoco está instalado. Antes de recuperar volvemos a cortar el final de un cabo que tenía un encintado indicando la longitud de la cuerda. Me lo guardo en el bolsillo... un recuerdo de Cueto.

 

Y así los pozos se van sucediendo, una y otra vez vamos rapelando y los recuerdos empiezan a entremezclarse. Intento entonces quedarme con algunos detalles que más tarde me sirvan para recordar tanto pozo, pero resultará muy difícil. En algún momento me paré a meditar en la profundidad que ya había alcanzado. Seguramente esté más del doble de lo que había estado nunca y todavía me quedaba por bajar. En cambio, tenía una curiosa sensación de familiaridad. Esos pozos tenían el mismo aspecto que cualquier otro que anteriormente hubiese hecho. Solo el Juhué se salía de mis esquemas.

 

Ahora tenemos delante un P-30. En su fondo, en un caos de bloques, encontramos un artilugio de cuerdas muy curioso: un bloque como una mesita de salón en un estado de equilibrio muy precario, se encontraba asegurado fuertemente con cuerdas para anular su amenaza de caer al siguiente pozo, un pocito de 9 metros que termina en unos bloques empotrados en la sección.

 

Después de éste le toca el turno a otro de 42 metros donde notamos los primeros goteos de agua.

 

Durante todo nuestro vertical trayecto nos hemos visto acompañados por un cable telefónico, desecho de las primeras campañas de exploración, que ahora cuelga como reliquia de aquellas antiguas exploraciones.

 

Y por fin llega el último pozo de Cueto; un P-20, que no es otra cosa que la entrada por el techo a las grandes galerías de Cueto. Mis compañeros me hacen el honor de descender el primero, y tras diez horas desde que entrábamos en el sistema, los tres nos encontrábamos en la base de los pozos. Estábamos a la cota - 581. El acontecimiento merecía un descanso, y durante una hora estuvimos comiendo algo, haciéndonos una sopita caliente que sentó de maravilla y aprovisionándonos de agua, ya que ése era uno de los pocos sitios de toda la travesía en el que podríamos hacerlo. Y sería gracias a un recipiente de cinco o seis litros colocado hábilmente bajo un goteo.

 

Habíamos concluido la primera parte de la travesía, para ello habíamos invertido el tiempo habitual que se emplea en una visita cualquiera a una cueva. Con todo, tenía el presentimiento de que no habíamos hecho más que comenzar.

 

Eran ya alrededor de las cuatro de la madrugada cuando nos pusimos en camino por aquellas grandes galerías de derrumbe, con sección circular y todo el suelo tapizado de un gran caos de bloques, producto de los antaño desprendimientos de la bóveda de la galería.

 

Llegaba a ser una sensación curiosa el encontrarnos en tan insólitos parajes un viernes noche, en vez de estar en cualquier garito, tomando unas copas y ligando con alguna moza, como cualquier persona normal.

 

Las dimensiones de la cavidad aún se hicieron más grandes cuando cruzamos la Sala de las Once Horas (11.800 m2), tras de ella, una pronunciada rampa de piedras nos obliga a bajar de uno en uno, ya que pese al cuidado que teníamos no podíamos evitar provocar pequeños aludes de piedras, y éstas no eran siempre pequeñas.

 

Continuamos por la Galería del Chicarrón hacia el Oasis, segundo punto de la travesía donde podríamos coger agua.

 

La marcha por estas amplias galerías llenas de bloques se empezaba a hacer pesada. Y para mí, especialmente agobiante, pues el mono de forro polar que me habían dejado me daba un calor insoportable. Sudaba como un pollo mientras ya buscábamos el Oasis. Tuve que hacer serios esfuerzos de voluntad para no pararme a quitármelo. Quería esperar a la parada para coger agua, y no perder así más tiempo.

 

Tras unas dudas dimos con el famoso Oasis, que también consistía en un pequeño recipiente bajo un goteo. Me desembarazo del forro, ¡qué alivio!

 

Una vez recogida toda el agua que pudimos, retomamos el camino. Ya no encontraríamos más agua hasta el Pozo de la Unión.

 

Prosigue la monótona marcha sobre los bloques de la Galería del Chicarrón; pero ahora me parece distinta, voy fresquísimo sin ese forro atosigante, y me muevo mucho mejor. A pesar de los nueve grados que reinaban en la cavidad, llevo el mono de tela como única prenda y además abierto hasta la barriga.

 

Durante este trayecto, todavía en las galerías de Cueto, no faltaron las paradas a causa del carburero, que se empeñaba en dar la lata. Este tema nos haría perder mucho tiempo en la travesía. En una de las paradas, le cambio a Félix el incómodo volumen del forro, que no me cabe en mi exigua saca, por el peso de una cuerda. A ellos, no parece gustarles que porte con el peso de dos cuerdas, pero yo, más fresco ahora, me encuentro muy fuerte y no parece importarme mucho el incremento de peso.

 

Pasan las horas sin darnos cuenta y llegamos por fin a un sitio importante: el Pozo de Navidad. En este punto acaba Cueto y comienza la Red Intermedia. Hemos concluido la segunda parte de esta larga travesía. Son las ocho de la mañana del sábado, pero no amanece.

 

Tras el corto descenso de 18 metros de este pozo, comenzamos a discurrir por la Galería de Navidad. Ahora el siguiente punto importante es el Pozo de la Unión.

 

La fisonomía de la cueva cambia aquí radicalmente. Ya no están las grandes dimensiones de la zona anterior, ahora adquiere el aspecto de una galería normal de cualquier cueva.

 

Al principio tenemos que efectuar alguna trepadita y un destrepe por un pocito de 4 metros, le siguen dos pasos desfondados, el primero de ellos asegurado con un pasamanos, el otro no. A partir de ahí la galería se hace muy cómoda y nos invade una cierta euforia al ver lo rápido de nuestra progresión. Pero esto se acaba en las proximidades de la Galería de los Artistas, donde la progresión se convierte en un sube y baja.

 

Nos entretuvimos un poco antes de la Sala Blanca en un pasaje tapizado de concreciones de yeso y estuvimos admirando unas extrañas formaciones con aspecto de finos pelos estalagmíticos que surgían erizadamente de las paredes. Poco después llegamos a la Sala Blanca, a través de un P-16 con una instalación no muy emocionante. La sala era bonita, pero estuvimos de acuerdo que las anteriores formaciones de yeso eran mucho mejores. El disparo de la cámara de fotos dejará constancia.

 

Seguimos los tres, ahora por una cómoda galería de sección rectangular hasta llegar a un P-31. Cada vez los seguros son más precarios; ahora nos colgaremos de una extraña chapa con un maillón oxidado y descenderemos por una cuerda fija que está tan entumecida que apenas cabe por el descensor. Pero lo más patético fue comprobar que el segundo tramo de la cuerda no llegaba hasta el suelo, y no se quedaba precisamente a un metro, como ya nos había ocurrido en un pozo anterior. Así que Félix tuvo que subir de nuevo al fraccionamiento y colocar nuestro cordino en doble, ya que no había un maillon para sujetar el nudo que poníamos en nuestra anterior técnica de descenso en simple, ni llevábamos descensores para poder bajar en doble, con cuerda de diámetro normal. Pues ahí estábamos los tres, improvisando esta nueva forma de rapelar.

Cuando llego al suelo, me encuentro a Félix dando una cabezada. Le doy el "libre" a Juan y le despierto de su sueño, allá arriba, colgado del fraccionamiento. Y es que ya son más de veinte horas las que llevamos deambulando por estos parajes.

 

Ahora caminamos por una amplia galería; el Espeleódromo. Comienzo a darme cuenta que mis movimientos los realizo con el piloto automático. El sueño empieza a hacerse notar. Físicamente me encuentro muy bien, pero es la cabeza la que ya va al ralentí. Sentía algo parecido a cuando se pasa una noche de juerga, sin 

dormir.

 

Llegamos por fin al Pozo de la Unión. Aquí subimos por una cuerda fija hasta una galería lateral que bordea el pozo hasta llegar a una ventana del mismo. Este es el punto de nuestra merecida parada. Un café, algo que comer... un pequeño respiro. Rellenamos las cantimploras con un leve goteo que procedía de lo alto del pozo. Esta vez no había recipiente que recogiese el agua, pero ya no necesitaríamos mucha hasta llegar a los lagos de Coventosa.

 

En teoría, este pozo daba la unión a la Red Intermedia con Coventosa; pero en la práctica, por la morfología de estas galerías, no nos consideraríamos en Coventosa hasta que no hubiésemos superado el pozo del Agujero Soplador, nuestro próximo punto de referencia.

 

Ya estaba entrada la tarde del sábado cuando emprendimos nuestra marcha. Desentumecemos los músculos trepando hacia una galería colgada, la galería de las Pequeñas Inglesas. Aquí la marcha empieza a ser un poco acrobática. Se suceden trepadas con destrepes y con pasajes en meandros desfondados que asustarían a cualquiera. Pero no por ello bajamos nuestro ritmo. Increíblemente los íbamos superando sin pensárnoslo dos veces.

 

Algunas de las trepadas superaban los 7 metros y en los meandros desfondados, aunque prefería no mirar mucho hacia abajo, pude intuir caídas de hasta 10 o 20 metros. Y por si fuese poca la exposición de los pasos, además eran de considerable dificultad.

 

Pero nosotros los pasábamos con aparente indiferencia, ni siquiera esperábamos a ver qué tal se la daba al que venía detrás, por si teníamos que darle algunas indicaciones de cómo superarlos. Éramos en esos momentos auténticas máquinas de hacer espeleología.

 

Yo no salía de mi asombro al verme realizar tal cantidad de pasos difíciles sin titubear. Yo, que no he faltado de quejarme cuando un paso expuesto no estaba asegurado, que estos pasos me los he pensado y repensado antes de hacer un solo movimiento. Veía como mis pies y mis manos se desplazaban de un lado a otro sin necesidad de recibir órdenes de mi cerebro, ni un solo vacile en ningún movimiento. Estaba visto que mi cabeza no estaba para muchos esfuerzos y era ahora mi propio instinto el que gobernaba el barco.

 

En cierto momento los tres tuvimos conciencia de lo que estábamos haciendo. Juan fue el que comentó:

 

- ¿Os estáis fijando en los pasos que estamos haciendo? Son chunguísimos. A mí me parece que, a un escalador, aquí se le ponían de corbata.

 

Yo era escalador, ellos no lo sabían. Interiormente le daba la razón. Pero por algún motivo, no sentía miedo. Puede ser, por un lado, que tantas horas haciendo cabriolas por esta cueva nos hubiesen convertido en verdaderas máquinas; y por otro, también pudiera influir el aspecto psicológico de saber que no quedaba otro remedio que pasar por aquellos sitios; no cabía el retorno, no había alternativa... no había pues, motivo por el que pensárselo.

 

Seguíamos haciendo piruetas por aquellas profundidades. Parecíamos autómatas. Uno tras otro, una larga sucesión de pasos expuestos de considerable dificultad iban siendo superados con indiferente soltura.

Esta zona de la cueva, aunque de ningún modo incitaba a la monotonía, permanece en mi memoria de una forma muy difusa. Recuerdo haber destrepado, trepado, haber descendido pequeños pocitos, escalado resaltes... pero no logro ordenar todas esas cosas en mi cabeza. En esos momentos se empezaban a notar el número de horas que nos estaban cayendo encima, el cerebro estaba embotado y ya no lograba asimilar tal cantidad de sitios en un orden cronológico. Es más, creo que, si volviese a estos lugares, no recordaría la mayoría de ellos.

Un curioso efecto comenzó a sucederme entonces; la fisonomía de mis dos amigos empezaba a serme extraña; llevaba mucho tiempo sin prácticamente verles la cara, solo les veía moverse, y sus movimientos me eran extraños. Muchas veces se reconoce a las personas a distancia, solo por su forma de andar, de moverse; los movimientos de mis amigos por esa razón me deberían resultar familiares, y no me lo eran, me parecían otras personas. No sé si esto debería achacarlo al estado de prolongada vigilia o simplemente a que ellos habían modificado su forma de moverse por el mero cansancio.

 

De repente cambia la morfología de la cueva, anunciándonos que por ahora se habían acabado las dificultades y comenzaban las estrecheces. Por unos breves momentos nos tomamos un respiro y comentábamos las vicisitudes pasadas, con humor; Félix comenta, mientras acababa de destrepar el último escalón:

 

- ¡Anda!... que si me ve mi mujer aquí, me mata.

 

- Pues... imagínate mi madre.

 

- La verdad que un solo paso de éstos, aislado en otra cueva, sería el paso de "la leche", y tal.

 

- Si, y todo el mundo acojonado.

 

- Bueno; y la verdad es que se nos ha dado fenomenal, porque imaginaros todo esto tardando diez minutos en cada paso. Ahí; pensándoselo mil veces cada uno...

 

- Cuarenta horas... cincuenta... no sé. ¡Eterno!

 

Concluida esta breve conversación, proseguimos por una gatera, arrastrando penosamente nuestras sacas. Pero ahora nos mostrábamos más habladores y seguíamos comentando las últimas peripecias; e intercalándose en nuestra conversación, cada vez más, aparecía el nombre del Agujero Soplador. Era nuestro próximo punto; donde por fin, acabaría la interminable Red Intermedia y comenzaría Coventosa... ¡Madre mía! y todavía nos quedará todo Coventosa, una cueva en la que se emplea normalmente toda una jornada para su visita... Mejor no pensarlo.

La gatera nos martirizó en cada uno de sus 90 metros, hasta que desembocamos mediante un corto rápel en la Sala de la Turbina. Tras una trepada en ésta volvemos a meternos en otra gatera, de muy parecida calaña. Posiblemente la continuación natural de la primera, antes de ser interrumpida por la formación de dicha sala.

 

El Agujero Soplador tiene que andar ya muy cerca. Pronto empiezan a hacerse notar las primeras corrientes de aire. Unos pasos más y por fin; ahí está, es una fisura vertical de unos 17 metros, bastante angosta. El viento es muy molesto y mientras mis compañeros empiezan a apañárselas, yo consigo guarecerme en una pequeña concavidad.

 

El aullido del viento es sobrecogedor y apenas me permite oír a mis colegas, que comentan que hay que entrar por la izquierda y luego tirar hacia la derecha. El dato es importante, pues se trata de un paso estrecho y hay que evitar quedarse atascado, sobre todo en éste, que además de ser vertical, provoca un viento que te podría dejar helado en poco tiempo.

 

Ya llevaba un rato tiritando, a pesar de estar medio resguardado, cuando oí la voz de "libre". Me aproximo al pozo, cambio mi descensor de sitio, instalándolo en el cabo de anclaje. Es una técnica poco ortodoxa, pero muy eficaz en pasos estrechos.

 

Empiezo a dejarme caer dentro de la angosta diaclasa sin perder tiempo. El frío es muy intenso. Primero por la izquierda... ahora me echo hacia la derecha. Apenas puedo ver por donde bajo, voy tanteando con mi propio cuerpo. El viento ruge con ímpetu. Las paredes se estrechan aún más y me llegan a oprimir levemente pecho y espalda. Pronto se separan y llego al fondo de una salita, donde me esperan mis amigos con una sonrisa en la boca. Ya estamos en Coventosa.

 

Hacemos un descanso obligado. Ya hemos concluido las tres primeras partes de la travesía, solo queda la última: las galerías de Coventosa.

 

Era evidente que estábamos en otra cueva, la fisonomía cambia radicalmente; todo es más amplio y comienzan a dejarse ver por todas partes distintas formaciones estalagmíticas.

Nuestro estado de ánimo había subido. Hablábamos así, de la posibilidad de encontrar a nuestros amigos, esperándonos en los lagos. Recordaba las eufóricas palabras de Lorenz poco antes de comenzar todo esto: "Pasamos los lagos y ahí os esperamos con los neoprenos hasta que lleguéis". Palabras con muy buena intención, pero era muy remota la esperanza de encontrarlos allí, llevábamos un retraso monumental y los nueve grados de temperatura les habrían convencido rápido de que no podían quedarse allí. -22-

También empezamos a hacer pronósticos sobre el tiempo que tardaríamos en estar fuera. "En dos horas podemos estar ya fuera", decíamos. Nuestra moral estaba alta.

 

Continuamos nuestra marcha descendiendo por rampas resbaladizas, hasta llegar a la marmita que marca el punto más profundo de la travesía, a una profundidad de -783 metros.

 

Cuando me dispongo a pasarla, me horrorizo al ver el estado de la cuerda; en un tramo de tres metros tan solo le quedan cuatro fibras del alma, las pude contar.

 

"Julio, no lo pienses, hay que pasar". Esto me decía mientras comprobaba que me había quedado atascado con los aparatos en mitad de la maniobra. "Precisamente aquí me tengo que liar, ¡mierda!". Para colmo cometía el error de no llevar a mano los aparatos de subida, esenciales en este momento para salir del atolladero. Conservo la sangre fría, me quito la saca, con cuidado de que no se me caiga, busco los aparatos, los coloco en las cuatro fibras de cuerda; "¡Dios mío, qué cosa da!, no pienses, no pienses, actúa".

 

Por fin salgo de la situación. Respiro. Félix ha tirado hacia delante, yo espero a Juan. Por un momento pienso en la posibilidad de que no encontráramos los neoprenos en su sitio...

 

Nos acabamos reuniendo los tres ante un P-15 que nos deja junto al primer lago. Ahí estaban esperándonos tres solitarios paquetes; nuestros neoprenos y las colchonetas inflables que nos permitirán pasar los lagos. Sentí como una extraña sensación de compañía, nuestros amigos habían andado por aquí hace un tiempo.

 

Casi una hora perdimos en cambiarnos e inflar los colchones. Yo no acertaba con la forma de llevar todo en una saca, así que al final opté por llevar la saquita estanca fuera de la saca grande, pero atada a ésta para que no se me hundiese.

 

Félix y Juan pasarán con sus sacas sobre la colchoneta, con solo la parte de abajo del neopreno. Yo pasaré nadando, con el neopreno completo.

Entramos los tres en el agua. Está helada. Nos ayudamos de una cuerda guía que hay tendida a lo largo del lago, de 150 metros de longitud. El panorama era impresionante, un cañón subterráneo de unos 20 metros de anchura, totalmente inundado, con una altura de casi 100 metros, en la que no se veía el techo. Las luces de nuestros carburos reflejadas en el agua le daban un aspecto fantástico, pero yo no podía apenas disfrutarlo, el agua estaba helada y me movía nerviosamente para entrar en calor. Ayudándome de la cuerda guía nadaba a espaldas llevando las dos sacas enganchadas por los hombros.

 

Sentí cierto alivio al poder apoyar los pies en el fondo, al final de este primer lago. Pero al intentar sacar la saca fuera del agua comprobé que pesaba como un muerto; la cuerda que portaba dentro se había empapado y precisé de mis dos manos y un gran esfuerzo para, solamente, sacarla del agua. Fui moviéndola poco a poco a tirones. Me estaba agotando. Mis amigos se alejaban con la inercia que llevábamos hasta ahora. Para colmo el carburero empezaba a fallar por enésima vez. Doy una voz a mis amigos para que me esperen. No veo que lo hagan, y es lógico, ni yo mismo me oigo bien con la capucha de neopreno, ellos posiblemente me oigan menos. Reitero las voces con más fuerza y por fin me parece ver que sus luces se detienen. Estoy jadeando, yo también me paro a recobrar el aliento. Les explico a voces entrecortadas mis problemas con la saca.

 

Con un gran esfuerzo consigo echarme la saca al hombro, sujetando como puedo la saquita estanca que va unida a la primera. Ahora puedo seguir mejor el ritmo, pero el peso me desnivela con frecuencia.

 

Ante nosotros aparece el segundo lago, de 120 metros de longitud, también equipado con cuerda guía. Volvemos a repetir la escena anterior. El panorama es precioso, pero yo estoy deseando salir del agua. Cuando lo hago comienza de nuevo el martirio de la saca. Jadeo mucho y me empiezo a sentir débil. Estoy haciendo un esfuerzo excesivo después de llevar más de un día sin parar por esta cueva.

 

Comenzamos el tercer y último lago, de 100 metros. Siento como el agua fría me come las calorías con avidez. Cuando salgo me encuentro muy debilitado, el agua me ha desgastado en exceso.

 

Por suerte toca parar para quitarse los neoprenos, que ya no necesitaremos, y aprovechamos para comer un poco. Extendemos mientras las cuerdas para que escurran y conversamos un poco. El tema más tocado es el del tiempo que nos quedará para salir. Desde hace ya unas cuantas horas los tres no pensamos en otra cosa, tenemos una idea fija: salir de una vez por todas de aquí. Mi único anhelo en esos momentos era ver la boca de la cueva Coventosa. Eran ya pasadas las nueve de la noche del sábado.

 

Minutos después proseguimos. Ahora la saca era más llevadera, aunque seguía siendo algo pesada. La marcha por el Gran Cañón de Coventosa era espectacular por su belleza, el suelo estaba plagado de marmitas con caprichosas formas, pero para mí solo representaban oportunidades para perder el equilibrio y de desgaste físico.

 

A partir de que cruzáramos los lagos mi forma física había caído en barrena. Ahora cada paso difícil me debilitaba un poco más y temía no coordinar bien los movimientos. Ya no tenía nada que ver con el que era en las Pequeñas Inglesas.

 

Mis recuerdos por esta zona son aún más precarios. Solo tengo grabados algunos pasos por grandes bloques que me ofrecieron dificultad. Eso sí, recuerdo la gran amplitud de las galerías y su extraordinaria belleza, pero también recuerdo que entonces no podía disfrutarlo. Mi actividad intelectual solo podía dedicarse a una idea y esa era la de seguir, para terminar cuanto antes en la boca de Coventosa.

 

Recuerdo algunas imágenes sueltas; algunos pequeños despistes, la aparición de sucesivos pasamanos de acero que pasaba como un autómata, fijándome solamente en los dos metros siguientes a recorrer. En pocas ocasiones giré la cabeza para admirar el panorama. Estábamos en la zona más hermosa de toda la travesía, pero no había humor para contemplarla. Solo quedaban las ganas de salir, salir cuanto antes, acabar con esta historia interminable.

Pasamos por unos gours enormes y maravillosos. Qué pena no poder disfrutarlos. A la derecha otro pasamanos de cable de acero.

Encontramos pequeños escalones instalados con una simple cuerda llena de nudos para bajarla a pulso. No estaba para hacer alardes de fuerza y estuve a punto de estamparme en alguno de ellos.

 

De repente algo me hizo detenerme, sacarme de mi obsesión por salir y exclamar con lasitud;" ¡qué bonito! ". Ante mí, un bosque de estalagmitas de varios metros, como si de una procesión de penitentes se tratara.

 

- ¿Es ésta la Sala de los Fantasmas?

 

Sabía que no podía ser, pues no estaba en nuestro trayecto, pero el parecido a una fotografía me lo hizo preguntar casi inconscientemente.

 

- No, es parecido, pero Los Fantasmas es todavía más bonito. Estas estalagmitas están secas, las de Los Fantasmas son más húmedas y brillan, tienen más color.

 

Pensé que algún día tendría que volver a esta cueva, a disfrutarla con tranquilidad y a hincharme a hacer fotos, solo a ver Coventosa.

 

- Bueno nano, vamos, que nos toca subir la rampa esa de las narices.

 

Se trataba de la subida por la Sala Declive, que nos la íbamos temiendo desde hace rato. La verdad, es que no me fastidió mucho, cuando me quise dar cuenta estábamos por las gateras del techo.

 

Unos metros más allá, la visión de una cuerda instalada hacia arriba nos alegró el alma. Era la cuerda que Juan y Lorenz habían instalado previamente a la realización de la travesía. Ya estábamos casi en la salida, no quedaba nada.

Juan empieza a subir, Félix y yo nos sentamos. Se nos caen los ojos. Sé que la Sala de los Fantasmas está a muy pocos minutos de aquí, pero ni se me ocurre insinuar el acercarnos a verla. Oímos el "libre", nos cedemos el puesto cortésmente y le toca a Félix subir. Da una torpísima pedalada y me mira con una sonrisa de resignación. En el estado que estábamos, parecíamos tan torpes como el principiante más patoso en su primera práctica. Me toca a mí, doy otra exhibición de torpeza, esta vez ante nadie, y me reúno con ellos arriba. Recogemos pesadamente la cuerda mientras empezamos a divagar sobre donde nos esperarán nuestros otros dos amigos.

 

- ¿Tiramos hacia la carretera y vamos al bar, que está cerca o tiramos hacia Socueva?

 

- Pues no sé qué habrán hecho éstos.

 

- Creo que lo mejor es ir a lo más rápido; vamos hacia el bar, nos tomamos un café y ya pensaremos algo. O les esperamos allí hasta que nos encuentren.

 

La moción fue aceptada por unanimidad.

 

Seguimos andando como tres sonámbulos. Debimos pasar por el Tubo del Viento, que le da el nombre a la cueva, pero yo no me acuerdo.

 

De repente vimos como la bóveda de la cavidad se abría en una negrura que no lograban iluminar nuestros carburos y una cantidad ingente de estrellas parecían saludarnos. ¡Ya está!, se acabó todo, estábamos fuera. Ahí, los tres, en la gran boca de Coventosa. Habíamos realizado la travesía, trabajo terminado.

Eran las once y media de la noche de aquel sábado del que no vimos el Sol. Treinta habían sido las horas que habíamos invertido en tan loca empresa.

 

Con paso lento pero triunfante salimos por la boca. Dos sensaciones me chocaron entonces: una fue el golpe de calor que sentimos al alejarnos unos pocos metros; es muy inusual salir a la calle de noche y sentir calor en vez de frío, pero en aquella noche hacía mucho más de los nueve grados reinantes en el sistema. La otra extraña sensación fue la de iluminar la vegetación con nuestras luces; y es que llevábamos treinta horas iluminando solo rocas.

 

La sensación del aire libre fue verdaderamente fantástica. Ver el firmamento lleno de estrellas... sobre todo contemplar la vegetación; nos saludaba la vida, que no veíamos desde hace más de un día. En mitad del camino un perro nos ladraba desde el balcón de una casa de campo, mientras un gato nos miraba con ojos brillantes e indiferentes, se preguntaría que clase de humanos éramos. Yo le saludé educadamente.

 

Durante veinte minutos continuamos bajando por aquel camino lleno de exuberante vegetación. Recuerdo que me dolían los hombros por la presión de la saca de forma exagerada, cosa que no me había sucedido durante toda la travesía; pero por nada del mundo hubiese parado.

 

Al poco tiempo empezó a intuirse la carretera. Entonces oímos una voz familiar que procedía del otro lado de la calzada:

 

- ¡A ver, esos de Cueto...!

 

Era la voz de Lorenz, él y Moncho estaban haciendo raso en un rellano de la cuneta. La alegría del encuentro fue patente; las clásicas preguntas de cómo nos había ido, nuestras primeras impresiones después de la aventura... Moncho, por otro lado, estaba como un tronco y apenas, creo que, entre sueños, pudo saludarnos. Lorenz si tubo humor incluso de salir de su saco y ayudarnos a meter las cosas en el coche. Yo, mientras transportaba trastos me pude dar cuenta que trazaba unas eses dignas del más puesto borracho.

Minutos después nos montábamos en el coche y dejábamos a Moncho durmiendo al lado de la carretera. Ni con una grúa le hubiésemos podido levantar aquella noche. No salía de mi asombro acerca de tal brutal sueño.

En el bar de Arredondo tomamos alguna cosilla y seguimos comentando la larga vivencia, aunque no por mucho tiempo; el organismo se encargaba de recordarnos sus prioridades, y así, poco después, ya estábamos en las escuelas, dentro de nuestros sacos.

 

La noche me pareció como un minuto, pero me levanté muy descansado. Sin prisa, pero sin pausa hicimos las mochilas y cargamos el coche. Por la ventanilla, mirando levemente hacia atrás contemplaba aquellas montañas, era como si me despidiera cariñosamente de ellas, allí quedaba el Cueto. Posiblemente sería un "hasta luego".

 

Los kilómetros nos pasaban raudos bajo el coche. Fuimos conversando animadamente todo el camino, cosa rara en un viaje de vuelta, en el que todo el mundo está cansado y piensa en el lunes. Supongo que había muchas cosas que contar y comentar, muchos pareceres que intercambiar.

 

Madrid, una vez más, ponía el punto y final de una de mis aventuras. En la Paz, donde hacía unos días todo comenzaba, ahora para mí, terminaba. A mis amigos todavía les quedaban algunos kilómetros de camino.

 

Unos cálidos estrechones de manos y un sincero "hasta la próxima" me despedían de ellos. Iba a echar de menos desde entonces que alguien me llamase "nano".

 

Mientras cogía mi autobús, su coche me daba las luces y desaparecía velozmente hacia Valencia. Entonces pensaba: que cosas éstas de la espeleología, que hacen conocerse a gentes que viven a cientos de kilómetros, que se reúnen desde esos cientos de kilómetros para recorrer más cientos de kilómetros todavía, hasta llegar a una cueva. ¿Qué tendrá una cueva para reunir a gentes tan distintas y que viven tan lejos? Posiblemente sea eso mismo, uno de los mayores atractivos de la espeleología.

 

En fin... que cosas, éstas de las cuevas.

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