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Mi primera gran aventura. Cueva Mur

Hoy he ido a descubrir las maravillas subterráneas de una cueva Cántabra que no me ha dejado indiferente. Cueva Mur. Junto a Liu y algunos compañeros del club (Juan, Aitor, Silvia, Estela y los hijos de Aitor y Silvia, Axel y Anika), nos aproximamos en coche desde Arredondo, donde habíamos pasado la noche anterior, después de que una parte de nuestro grupo visitase la travesía de Cuivo-Mortero y otros nos diésemos un paseo por la espectacular Coventosa, con sus enormes salas y formaciones de iguales proporciones.

La cueva se ubica a unos 3km de Ramales de la Victoria, siguiendo la carretera N-629 en dirección Logroño/Burgos hasta llegar al parking de las Cuevas de Covalanas.  Ya antes de llegar al parking, se divisa la enorme apertura en la roca que es la entrada de esta cueva, como si hubiesen excavado un gigantesco cubo en la pared de la montaña.

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Ozio Gallery made with ❤ by turismo.eu/fuerteventura

Aparcamos los coches en el parking y nos vestimos para la ocasión, bajo la curiosa mirada de pequeños y mayores, turistas y sus guías, que venían a visitar Covalanas, e iniciamos la ascensión por el camino de tierra que nos separa de la cueva. La ascensión es sencilla y la aproximación no lleva más de 15 minutos, con las impresionantes vistas de los montes cántabros a lado y lado y el verdor predominante de la zona a nuestro alrededor. El sendero aplanado de tierra termina en una explanada, desde la que tomamos un descuidado camino de cabras directo hacia la cueva, unas 8 o 9 cabras serían las primeras testigos de nuestro paso por aquellos parajes.

El acceso a Cueva Mur entra en contraste con la enorme entrada de la cavidad, ya que éste es tan solo un pequeño ventanuco, marcado por lo que seguramente fuera el marco de metal de una puerta o rejilla, por el que una persona adulta tiene que entrar a cuatro patas, situado en la parte superior derecha de la enorme entrada. Tras éste, nos da la bienvenida la corriente de aire de la cueva y un pasamanos doble instalado en fijo, en la pared que nos queda a la izquierda, y que cruza un tramo de rampa y un pequeño resalte, hacia la pared derecha. Al fondo, la oscuridad oculta la profundidad de una rampa, que desconozco si acaba en pozo.

Tras el resalte, el pasamanos nos lleva a rodear la pared derecha de la cueva, con varios fraccionamientos para mayor seguridad. Al principio, un poco de miedo. La pared es resbaladiza por la gran cantidad de barro existente y el paso es un poco incómodo para gente alta como yo. Tras dos o tres fraccionamientos, se llega a una pequeña repisa decorada con bonitas estalactitas y excéntricas, las cuales me paro a observar mientras Axel y Aitor bajaban los últimos tramos del pasamanos que, al tratarse de una rampa bastante inclinada, descienden con cuidado.

“Libre”, el eco de las palabras de Aitor rebotando en las paredes me indica que ya puedo comenzar a pasar, continúo hasta el final del pasamanos, bajando con descensor, ya que no estoy muy confiado. El final del pasamanos queda anclado a una columna rodeada de agujeros por los que, si te descuidas, puedes deslizar varios metros. Un puente natural de piedra y barro y una pequeña subida, dan paso hasta el siguiente pasamanos, atado también a otra columna. Allí, Aitor espera a que su hijo le dé el libre, para continuar. Mientras tanto, nos llega la petición de los que van delante en el grupo, Silvia con Anika y Juan. “Necesitaremos la cuerda de 65”, ésta venía en la saca que lleva Estela, detrás de mí. Así pues, una vez liberado el pasamanos indico a mi compañera que tiene la cuerda libre, me espero hasta que ella llega y me da la cuerda de 65, para luego pasarla adelante. Este nuevo pasamanos nos acerca a una pequeña subida de unos 4-5 metros, hay que pasarlo con un poco de cuidado, porque el suelo está húmedo, el barro muy blando y la roca muy plana. Un nuevo fraccionamiento y me toca subir los 5 metros.

Debido al deterioro del material de seguridad que nos habían prestado antes del fin de semana, llevamos un arnés de pecho de menos, por lo que Liu llevaba el arnés y yo me las arreglé apañando un arnés de pecho improvisado con el cabo largo, pasándolo por mi espalda y anclándolo al croll desde mi hombro, es un poco incómodo, pero hace bien su trabajo. Menos mal que mi cabo largo es lo suficientemente largo. La trepada no es muy grande esta vez, pero a la salida tendríamos que ascender un pozo de unos 10 o 15 metros y ahí lo iba a necesitar.

Aitor va deprisa, para poder pasar la cuerda hacia adelante lo antes posible, así que encuentro el resto del pasamanos libre para cuando termino de subir el pequeño resalte. Le doy el libre a mi compañera y poco después escucho las réplicas, avisando a los que van detrás de ella, Liu y tres espeleólogos de otro grupo, que vienen a hacer el mismo recorrido. El pasamanos termina en la boca de un laminador de buenas dimensiones, amplio hacia los lados y lo suficientemente alto como para avanzar a gatas un buen tramo. A medida que se avanza, el techo baja un poco, pero aun así es cómodo, para los pasos a las que estoy acostumbrado. Eso sí, noto la falta de forma rápidamente, por muy lento que vaya, me canso con facilidad y tengo que hacer un pequeño alto de unos segundos en mitad del túnel, para recuperar el aliento.

Unos 15 metros más adelante, el laminador termina en una repisa amplia, que se abre hacia la oscuridad, estamos en el lado opuesto de la Gran Sima, una caída de más de 50 metros hacia las profundidades. Aquí encontramos un pasamanos anclado a otra columna y a la pared en la que termina el laminador. Es de ese mismo lado del que parten dos cuerdas que bajan hasta una repisa, unos 10 o 15 metros más abajo por la pared de la enorme caverna, por dicha repisa y hacia la izquierda (mirando la cuerda) discurre un nuevo pasamanos, casi al final de éste, existe una rampa embarrada que asciende unos 5 metros. Aitor se encuentra cambiando aparatos en el fraccionamiento que pende del techo de la caverna, cuando me llega la voz de “¡Piedra!”. Casi de inmediato, escucho un golpe seco junto a mí, luego ese sonido se repite, amplificado, varias veces más, durante unos segundos que me parecieron interminables, hasta que la piedra alcanzaba el fondo del pozo. No solo el sonido me pareció aterrador, sino también el tiempo que tardó en detenerse. Era lo que me esperaba si me despistaba con la seguridad. Poco después recibo el libre y continúo, para llegar hasta la plataforma en la que termina el pasamanos y da acceso al balcón desde el que se instala la cabecera del pozo de 55m. Todo listo para el ràpel más largo que haya hecho nunca. 55 metros de descenso por una pared embarrada y resbaladiza. Al llegar al balcón me espera una pequeña recompensa por el esfuerzo realizado hasta el momento, unos cacahuetes fritos con miel y un trago de agua. Silvia me hace responsable de guardar una pequeña provisión de los mismos para Liu y Estela, que llegan detrás de mÍ.

Aitor baja el primero la Gran Sima. Después, dejamos pasar al grupo que iba tras de nosotros, ya que nosotros avanzaremos más despacio que ellos, por ser más, llevar más novatos (entre los que me cuento) y tener con nosotros a los niños. Tras pasar ellos, mis compañeros van bajando uno a uno, primero Silvia con Anika, luego Juan, detrás de él Axel, Estela…. El momento de bajar de cada uno va precedido de un grito de Libre. Literalmente un grito, ya que de otro modo no se escucharía. Abajo, comenzamos a ver los frontales de los tres del otro grupo, que avanzan por la pared que queda frente a la que nos encontramos nosotros, ascienden por una cuerda. Al fondo, algunas risas y conversaciones difusas de los que se van reuniendo. Poco a poco van bajando todos y los dos últimos somos Liu y yo, del grupo de tres ya no se ven ni sus frontales ni se escuchan sus voces. Mi pareja ha ido siempre dos puestos detrás de mí, por lo que sólo nos hemos encontrado en este punto. Baja antes que yo. Se prepara, saco unas fotos de ella, colgada de una cuerda a más de 50 metros del suelo y me avisa de que baja.

Observo como la luz de su frontal se pierde en la oscuridad hasta que ya no la veo, sé que sigue en la cuerda, porque la noto moverse, la veo en tensión. Allí arriba, anclado de un único punto en la roca, observando el vacío, en absoluta soledad, empiezo a imaginarme los más disparatados objetos en la negrura y me invade esa sensación irracional de que hay algo observando en la oscuridad. Cuando empiezo a preguntarme si vendrá alguien más detrás de nosotros, escucho el grito desde el fondo de la cueva, que me saca de mi ensimismamiento. El golpe de adrenalina que necesitaba, es mi turno.

Siguiendo lo que aprendí a lo largo de este año, me coloco con cuidado cerca de la cabecera, siempre anclado de al menos, dos puntos. Primero, me anclo a la cabecera de la cuerda de bajada con mi cabo corto. El largo, fijo en la otra cuerda, cercana, fuera de la cabecera. Pongo mi descensor, tengo que tirar de la cuerda, porque el peso es considerable. Llega el turno del pato, que coloco en mi cabo largo. Reviso todo antes de empezar el descenso y quito el cabo corto de su anclaje, luego, deshago el nudo de seguridad con extremo cuidado. La cuerda no solo es pesada, además es gruesa, así que a duras penas corre por el descensor, incluso ayudada de mi mano, de otro modo, ni siquiera se movería. Estoy sorprendentemente tranquilo, aún recuerdo mi primer ràpel, de 15 metros, un año atrás, cuando creía que el vértigo me bloquearía, ahora son más de 50 metros y a penas siento la misma emoción.

A unos cuarenta metros más abajo, me encuentro una curiosidad, en un pequeño recoveco en la roca, rodeado de diminutas figuras de barro, un pequeño motivo navideño, como un curioso santuario en la roca. Me pregunto quién se tomaría la molestia de llevar hasta allí el pequeño belén y por qué instalarlo precisamente en ese punto. Me detengo a sacarle unas fotografías, mientras desde abajo me avisan de que la cuerda no lleva nudo de final y de que tenga cuidado al soltarla, porque estará en tensión. Aitor me ayuda con esto último, dejando la cuerda lista por si hubiera que utilizarla para subir. Dejo atrás la bajada y me encuentro con el grupo, en la saca que yo llevo, hay un par de botellas de agua y un bote estanco con comida. Saco el bote estanco y tomamos un aperitivo antes de continuar. Me detengo a mirar a mi alrededor, pero no hay gran cosa que pueda ver con mi pequeño frontal de running del Decathlon. Bastante es que ilumine mi camino.

Una vez descansados, seguimos el trayecto, que nos lleva a una rampa muy inclinada, de unos quince metros de longitud, que nos lleva hasta una explanada repleta de barro, muy resbaladiza y plagada de gours. Desde lo alto del techo, que se pierde en la oscuridad, caen continuamente gotas. Esta es la llamada “Sala de la Cascada”. Llamarlo sala es un eufemismo, ya que todo forma parte de la enorme caverna a la que acabamos de descender.

El grupo se adelanta hacia una bajada al otro lado de la explanada, se escuchan las risas, mientras los niños juegan deslizándose por las cuestas embarradas, como si de toboganes se tratase. Yo por mi parte, tengo mi buena dosis de risas y sobresaltos, ya que me resbalo unas cuantas veces y consigo no caer aparatosamente al suelo.

Tras bajar las rampas, llegamos a un pequeño recodo de la sala en la que han crecido preciosas estalactitas y excéntricas, como si de las raíces cristalizadas de un ancestral árbol se tratasen. Sacamos algunas fotos, llega el momento de continuar, pero descubrimos que no es por ahí. Después de buscar un poco, la cabeza pensante del grupo, Axel, que iba siguiendo a su madre, indica lo que parecía evidente y pasábamos por alto, y es que estamos buscando una bajada, cuando lo que deberíamos buscar son unos escalones de subida. Unos segundos de búsqueda, ahora sí, centrándonos en lo que hay que buscar, nos lleva hasta una cuerda en fijo, que sirve de seguro para ascender por una resbaladiza pared con pequeños “escalones” tallados en la piedra, algunos de los cuales están encharcados. Ascienden primero padre e hijo, en ese orden, seguidamente el resto de la familia, madre e hija, atada ésta última al arnés de su madre, porque aún es demasiado pequeña para ir ella sola. Tras unas cariñosas puyas, sobre quién va siempre cargando de “la saquita”, seguimos ascendiendo. Llega mi turno, tras de mí, Liu, seguida de Estela y Juan cerrando el grupo. La subida es fácil gracias a los escalones. Una vez arriba del pasamanos, doy el libre a Liu y así seguimos hasta el final del mismo. Otra enorme explanada nos espera.

A la izquierda, una pequeña sala en la que han crecido impresionantes estalactitas, excéntricas, coliflores… una belleza natural impresionante. Nos detenemos a sacar algunas fotos al grupo. No salen muy bien, ya que la cámara no es que sea impresionante, pero quedarán para el recuerdo. Aprovechamos para poner poses, Liu y yo, en las fotos.

Nuevamente toca caminar por un suelo embarrado y resbaladizo. Esta vez sí, un buen resbalón me hace dar de bruces contra el suelo. Acostumbrado a caer, no me hago daño. Lo que sí se rompe es el silencio, por las risas de mis compañeros, además de mi dignidad, por el agudo grito que emito. En la pared opuesta de la sala, encontramos una subida embarrada hasta llegar a otro recodo de la cueva, allí, nuevamente, nos encontramos un laminador plagado de estalactitas, estalagmitas, columnas, excéntricas, gours, una explosión de formaciones allí agrupadas. El recorrido parece terminar ahí, pero sabemos que no puede ser, la ruta nos tiene que llevar de vuelta a la cabecera de la Gran Sima, así que debe haber una ruta por la que continuar. Tras unos minutos de búsqueda, se encuentra el paso por el que seguir, subiendo unos pequeños resaltes llegamos nuevamente a la parte alta de la cueva. A mi izquierda desde lo alto de la plataforma, solo puedo ver oscuridad, al igual que al frente, pero éste otro nos lleva por una pequeña bajada y prácticamente no tenemos que pensar la ruta, ya que el camino aparece prácticamente marcado. Por el paso frecuente, la zona por la que seguir se ve claramente aplanada.

Al final del camino, llegamos hasta un pequeño quitamiedos, de un metro y algo. No es difícil bajar por él. La cuerda está prácticamente de decoración, aunque a su izquierda se abre otro pozo de unos 9 metros. Aquí continúa el camino por la derecha, tras dejar atrás el quitamiedos, y no se hace esperar el primer trecho importante de gateras. Empiezo a notarme cansado, la falta de costumbre (y técnica) y la baja forma física se hacen notar.

Llega el momento más delicado (para mí) del trayecto. El pequeño paso de los Retales, una gatera muy estrecha por la que, a duras penas, consigo pasar el cuerpo, tumbado sobre mi espalda y con el techo a pocos centímetros de la nariz, estoy luchando contra mi propio tamaño, cuando escucho conversación detrás. Son los otros tres compañeros, del otro equipo de espeleólogos que, de algún modo, están detrás de nosotros. Yo había dado por supuesto que, ya que nos llevaban tanta ventaja, ya estarían bastante por delante, quizás incluso, fuera de la cueva. Pero resulta que me había equivocado. Ahí están, se han perdido y han estado una hora buscando el paso por distintas gateras, la luz del frontal de Juan les ayuda a encontrar el camino. Damos aviso delante sobre lo ocurrido, ya que comienzan a preguntarse por qué tardamos tanto. 

Una vez resuelta la conversación, continúo con mi lucha. En un lugar especialmente estrecho, me tengo que poner de pie, para luego buscar la posición, casi arrodillado, mirando de lado, habiéndome quitado los aparatos y el arnés, ya que en cualquier otra posición el casco no cabe. Un saliente de roca me raja el mono a la altura del bolsillo derecho de la cintura, pero consigo pasar. Estamos ya en las maravillas más espectaculares de la cueva, la Galería del Coral y la Sala de los Cristales.

Nos entretenemos viendo las espectaculares formaciones, como raíces o tentáculos cristalizados, extrañas formaciones como corales de piedra y otras raras formas que me recuerdan a las más oníricas historias de HP Lovecraft. En estos pasos, en los que puedo ir de pie, recupero bastante el aliento, pero estoy en mis últimas. Solo pienso en que se terminen las gateras, que quiero salir de allí. No se cuanto más me queda por arrastrar, pero me viene a la mente ese paso de 20m casi al inicio de la cueva… y que deberé pasarlo en sentido contrario, estaba tan cansado, que a pesar de que había conversaciones a todo mi alrededor y sé que en algunos casos respondí, no logro recordar de qué se hablaba en aquellos momentos.

Continuamos el trayecto, que está señalizado por un par de hilos de pesca, como si de una ruta turística se tratase, para que no nos salgamos del camino y no estropeemos la maravilla de formaciones de todo aquel entorno. “Pisa únicamente sobre lo sucio” recuerdo las palabras de Silvia, para evitar que arrastrásemos la suciedad de la cueva a zonas que, de otro modo, estarían limpias de barro.

Nuevamente, el techo se vuelve bajo y mis piernas, tambaleantes, me fallan en ocasiones. Más adelante, Estela me confesaría que me había visto caminar haciendo eses en alguna ocasión y había tenido algo de miedo por mí. A derecha, la cueva continúa estrechándose contra el techo, a izquierda, se abre hacia una zona oscura, que no sé si continúa hacia un pozo o acaba en un caos de bloques algunos metros más abajo, no logro recordarlo. El caso, es que avanzo poco a poco por el camino. Anika va cambiando de posiciones, a veces vuelve hacia atrás, otras hacia adelante. “No puedes pasar sin ticket” dice. El ticket para continuar es un choque de manos, menos mal, porque ya había consumido todos mis tickets en Coventosa. Llegamos a un pasillo en el que se puede estar de pie, que termina en una gatera por la que volvemos a tener que agacharnos. Entran los tres primeros, mientras el resto vamos llegando. Cuando ya va a ser mi turno escucho “¡Atrás, atrás! ¡Volved atrás!”.

Es la voz de Axel, Aitor era el primero que había entrado en la gatera y había encontrado que no tenía salida al otro lado, se iba estrechando hasta un punto en el que, aparentemente, se estaban realizando tareas de exploración. Una vez nuevamente todos reunidos fuera de la gatera, una pequeña ojeada a la topo nos revela que estamos en la galería señalizada con el número 17 y que marca el final de la cueva por ese lado. Nos hemos equivocado de camino. Debíamos haber pasado una T formada con los hilos de nylon y nos hemos ido por el camino equivocado. Marcha atrás, pues.

Un pequeño resalte me da un susto, con mi cansancio, no calculo bien al subir la pierna y le doy un fuerte rodillazo justo al borde del resalte, con mucho dolor, decido continuar, mientras mi pierna me lo permita. Si el golpe es malo y tengo que quedarme en algún punto, que sea lo más cerca de la salida posible.

Un segundo golpe más adelante vuelve a avivar el dolor, que ya estaba empezando a remitir, pero por lo que parece, es un dolor pasajero. Eso, o la adrenalina me está ayudando a continuar. Encontramos el paso correcto, un pasillo por el que se puede caminar cómodamente de pie, con las paredes inclinadas sobre nuestras cabezas formando un techo a dos aguas, que le da un aspecto muy estético al pasillo. Al final, una banderita azul nos indica el lugar por el que tenemos que introducirnos, nuevamente una gatera, esta, eso sí, de espectacular belleza, todo el techo recorrido de estalactitas, me recuerda a las típicas escenas de indiana jones o películas similares, donde una pared llena de afilados pinchos se aproxima para atrapar a los incautos que activan la trampa. Con ese pensamiento en la cabeza, me arrastro detrás de Estela y delante de Juan. Por suerte, el camino de arrastre ya casi se acaba, al poco rato escucho delante de mí las expresiones “¡Por fin!” y “¡Hala, ¿ya estamos aquí?”. Esta última, creo que me sonó algo decepcionada, quizás esperaba arrastrarse muchos más metros. Era Liu.

Por fin, llegamos a la sala donde habíamos instalado la cuerda de 65m. Estamos en la parte alta del pozo, a pocos metros de la susodicha cuerda, conforme van llegando los compañeros, Silvia indica que vayamos continuando hacia la salida, para no colapsar el camino. Así pues, con poco rato para recuperar el aliento, los compañeros van avanzando por el pasamanos, que esta vez hacemos en sentido contrario. Mientras tanto, Juan recoge la cuerda de 65m. Esto es España, uno trabaja, mientras el resto estamos descansando. ¿No queda demostrado en la imagen?

Mi descanso acaba rápido, dos de los compañeros del otro club se adelantan al pasamanos y luego empiezo a colocarme yo, cuando recibo el libre, comienzo a desplazarme a gatas, siento el dolor en las rodillas, de las magulladuras de andar arrastrándome tanto tiempo, pero es un dolor soportable.

Llego a la cabecera de la rampa de 5 metros que me acerca al siguiente fraccionamiento del pasamanos, bajo despacio, con descensor y pato, ya que a estas alturas no confío mucho en mis piernas y prefiero no levarme un susto. Como he tardado en ponerme los aparatos de descenso, no tengo que esperar en los siguientes fraccionamientos. Me voy acercando al final del mismo, del que parte un ascenso por cuerda de unos 10 metros.

 Estamos prácticamente en la salida de la cueva, más allá, solo me esperan nuevamente 20 metros de arrastre a gatas y varios pasamanos. Luego, el aire libre. El resto del camino lo realizo prácticamente en solitario. Cuando los chicos del otro club terminan de subir, subo yo. Me quedo prácticamente sin aliento, anclado ya arriba, así que tengo que descansar. Me aparto del borde y bebo un poco de agua, me tumbo en la oscuridad apagando el frontal y escucho los sonidos de la cueva, así como los de mis dos compañeros Estela y Juan, que están más atrás, avanzando por el pasamanos.

El tercer integrante del otro club, sube la cuerda detrás de mí. Se lleva un susto, al verme allí tirado, pero se pasa rápido. Le indico por dónde continúa el camino y me quedo unos minutos más, mientras él me adelanta. No volvería a verle más hasta llegar al parking, pero eso aún no lo sabía. Cuando se amortiguan los sonidos de su paso por el laminador, empiezo a moverme yo. Poco a poco, voy avanzando esos 20 metros de techos bajos. Mis fuerzas al mínimo. Me paro a descansar varias veces por el camino. El aire que sopla a través de la grieta me refresca.

Continúo un poco más y vuelvo a descansar. Así paso los siguientes cinco minutos aproximadamente hasta que, por fin, el techo se aleja hacia la oscuridad y se ve la cabecera del pasamanos. A partir de ahí, el poco trecho que queda lo recorro prácticamente sin problemas. Estela y Juan aparecen del laminador poco después de que yo haya bajado el primer fraccionamiento del pasamanos y me siguen de cerca. Continúo por la cuerda en fijo hasta que ésta termina.

Ahora recuerdo, el pequeño puente de roca por el que se podía uno resbalar. Ahora con el cansancio acumulado, se me antoja más peligroso. Aun así, continúo, no me queda otra. Me acerco a la cabecera del siguiente fraccionamiento, que está a unos metros por delante, anclado a una columna, y subo tranquilamente, ya atado a la cuerda me siento más confiado. Escucho a Estela preguntarme por dónde se continúa, le indico, como buenamente puedo, lo que ha de hacer. Al principio, no ve la cuerda más allá, en la columna. Pero tras un par de explicaciones más, me indica que ya la ha encontrado y que continúa.

Ya solo unos minutos y estaría en la boca de la cueva. Allí, Silvia saca la cámara y me indica que me quede en la puertecilla de metal, para inmortalizar el momento. Luego se le ocurren un par de locuras más, vale más una imagen que mil palabras, así que aquí está el momento.

 

Esta es mi primera gran aventura dentro de una cueva de dimensiones más que generosas, poniendo a prueba todo lo aprendido en este primer año en el club. Aunque cansado, disfruto del momento de ver el sol ocultarse y pienso en todos los que han estado antes, preparándome, aconsejándome, preocupándose de que no pusiera el pato al revés o de que no hiciera maniobras sin hacer el nudo de seguridad, me vienen a la cabeza las conversaciones mantenidas sobre las experiencias de cada uno en sus primeras incursiones bajo tierra, no sé cómo, no he conseguido aún salir de noche de ninguna cueva de las que he estado, debo ser el cuervo negro del club, el único que no ha salido nunca de noche... En fin, esa será una experiencia que tendrá que esperar.

 

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