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Héroes silenciosos

Como cada año por esas fechas, el club había preparado sus Jornadas de Iniciación a la Espeleología, una excusa como cualquier otra para atraer a nuestro club a nuevos fichajes que se interesasen por arrastrarse como nosotros por esos estrechos pasajes de roca y barro, el día elegido para una primera incursión horizontal fue el 7 de octubre y el lugar, la Cueva del Agua de Basconcillos del Tozo, en Burgos.

 

Había pasado un año desde que yo mismo pasara por las jornadas de iniciación como un novato más. Ese día estábamos 10 miembros adultos y 2 niños, el resto, otras 14 personas, eran novatos a los que íbamos a hacer de guías. Nos reunimos con nuestros coches en la entrada de la cueva y nos preparamos para entrar, marcaban poco más de las 12 del mediodía cuando entramos, cargando cada uno con su mochila, algo de comer, agua, pilas de repuesto y poca cosa más. Como es normal en nuestras salidas, contábamos con un botiquín, por lo que pudiera pasar, y llevábamos una barca hinchable para pasar el lago a aquellos que prefiriesen eso en lugar de la gatera.

Entramos en fila, controlando los unos a los otros y verificando que el grupo no se separase, al principio nos desviamos en la Sala de Basconcillos a la izquierda, pensando que era el camino correcto, pero pronto nos dimos cuenta de que el camino por ahí se cortaba y rectificamos. Volvimos sobre nuestros pasos y continuamos por el camino correcto, que nos daba acceso a la galería mundilla. Todo iba bien, la gente que nos acompañaba se interesaba por el tipo de roca que había en techos y suelos, curioseaban los alrededores de la sala, algunos encontraron cangrejos, otros vieron algún murciélago volar… una visita “rutinaria”.

El acceso a la Galería Mundilla está prácticamente obstruido por un caos de bloques, dejando un pequeño hueco que se puede pasar a rastras, al otro lado, el caos de bloques conforma una rampa escalonada con una caída de unos 4 metros de altura, aproximadamente, que se puede salvar bajando por la izquierda. Uno a uno, fuimos pasando con cuidado, dado que la roca era algo resbaladiza, y nos reunimos abajo, en el comienzo de la galería, de grandes dimensiones. Estábamos todos sentados, allí abajo, excepto por JM, que estaba sentado en uno de los escalones de roca que daban a ese hueco de 4 metros.

Como es costumbre cuando hacemos las jornadas, instamos a todos a apagar los frontales, para mostrarles lo que se siente al estar en la más absoluta oscuridad de una cueva. Las luces se fueron apagando hasta que únicamente restaba la de JM, él, que es un veterano espeleólogo de la vieja escuela, llevaba consigo un carburero, además de un frontal led. Fue el último en apagar la luz. La oscuridad inundó la sala y comentábamos alegremente cómo con esta oscuridad era con la que, en las películas, la gente lograba escapar de una cueva, reíamos, cuando se escuchó un golpe seco, no hubo ninguna proclama, encendimos nuestros frontales y descubrimos estupefactos cómo JM estaba tendido en el suelo, caído desde esos 4 metros de altura. No hubo ningún grito por su parte, nada que nos advirtiese antes de encender las luces.

“Creo que me he roto la pierna – dijo, mostrando una calma y una entereza que me dejó de piedra - "Efectivamente, está rota" - incluyó después -"Y el meñique" - . Más tarde, los novatos con los que tuve la ocasión de hablar, confesaron que ellos al principio pensaron que se trataba de una novatada, de algo orquestado y por ello habíamos tenido que apagar los frontales… hasta que vieron la sangre. Comenzaba así, una operación de rescate que ninguno esperábamos enfrentar en esa jornada.

S., A. y C. actuaron con muchísima rapidez, en cuestión de unos minutos, habían organizado que algunos miembros del club continuasen haciendo la cueva con parte de los novatos, los niños y algunos adultos, mientras los restantes miembros nos quedábamos allí para ayudar, enfrascados como estábamos en buscar, por órdenes de S. unos palos, los más rectos y sin puntas que hubiera, así como cinta adhesiva que por suerte llevábamos, para improvisar allí mismo una férula para la pierna. La suerte quiso que la herida abierta en la espinilla, estuviese parcialmente taponada por una pieza pegada de neopreno, que detuvo en gran medida la hemorragia. Mientras se preparaba la inmovilización, se tiraba del botiquín para buscar algo de ibuprofeno, que le calmase el dolor para lo que se avecinaba.

Había intranquilidad entre los que estábamos allí, algunos, los novatos sobre todo, estaban sobrecogidos por lo que había ocurrido. – “Esto es lo que vamos a hacer – Dijo S. y así, todo empezó a funcionar como un reloj, cuando, decididamente y con total tranquilidad, S. A. y C. se comenzaron a coordinar y a repartir tareas a todos. A O. le tocaba salir de la cueva por donde habíamos vuelto, comunicarse con emergencias para que trajesen una camilla, mientras que el resto nos quedábamos para ayudar. – “Bien, chicos, esto es lo que vamos a hacer, vamos a necesitaros a todos, porque le vamos a sacar de aquí” – Comenzó a explicar S. mientras el resto escuchábamos atentamente. –“JM es alto y grande, pesa mucho y todos somos unos enclenques, así que vamos a repartirnos el peso, vamos a hacer un pasillo y le vamos a ir subiendo poco a poco. – No sé si fue le tono, si fue la calma con la que lo dijo o si fue porque de pronto, todos teníamos asignado un papel, algo que hacer, que comencé a sentirme más tranquilo. Íbamos a hacerlo, podíamos hacerlo y nos iban a ayudar aquellos mismos a los que íbamos a guiar por la cueva.

Sacarle de aquel hueco fue un trabajo de equipo en el que todos aportamos sudor y malas posturas. En ocasiones, el cuerpo de JM quedaba completamente apoyado sobre el de otro compañero que quedase debajo de él. Recuerdo preguntarme cómo demonios lo íbamos a pasar por determinados sitios, cómo le íbamos a subir por aquel caos de bloques sin caernos nosotros también o que se produjese otro incidente… o cómo le íbamos a pasar por aquel hueco estrecho sin fastidiarle aún más la pierna. Pero lo hicimos, poco a poco fuimos avanzando con él, salvando cada obstáculo de uno en uno y pensando en el siguiente obstáculo sobre la marcha, pasando unos por detrás de otros para servir de relevo unos metros más adelante. Esos escasos 40 metros que avanzamos, se me hicieron eternos, pero trataba de rebajarlos con la conversación entre orden y orden. Cuando podía, hablaba con JM para verificar que seguía bien, a veces bromeando, me decía a mí mismo que era para que él estuviese bien y tranquilo, pero conociéndole, él debía estar pensando que al mostrarse tranquilo y hasta bromeando a veces, el que se quedaría más tranquilo era yo (y el resto…) y no estaría equivocado.

Sé que no lo habríamos hecho sin la guía imprescindible que nos aportaron S., A. y C. Siempre manteniendo el orden y la calma, incluso en esos momentos en los que, siendo tantos como éramos, se montaba una cacofonía de voces o se cruzaban órdenes. Recuerdo un momento en que estábamos todos hablando y S. elevó la voz. – “Callaos!” – y vuelta a centrarnos, nuevas órdenes y a continuar. Habíamos subido toda aquella cuesta, le habíamos pasado por el hueco estrecho del caos de bloques y ya se encontraba en una zona más segura y que era prácticamente plana hasta la salida. – “Bien chicos, ahora vamos a tumbarle aquí, traed las sacas y cualquier cosa que sirva para hacerle una cama, esperaremos aquí a que traigan la camilla” – Lo habíamos hecho, la parte más difícil estaba salvada, pero aún teníamos que esperar a la ambulancia.

Fuera, O. había contactado con el 112, había explicado lo ocurrido y se habían sucedido varias llamadas más a su teléfono para coordinar el rescate. Se habían acercado al lugar un helicóptero de rescate y un vehículo sanitario básico, todo había ido bastante rápido, en poco más de una hora y media, habían llegado al lugar los servicios de emergencia. Y en todo ese rato, nosotros habíamos avanzado aquellos difíciles 40 metros.

Acabábamos de acomodar a JM en las sacas cuando al fondo, empezamos a ver los frontales de las dos enfermeras que entraron con O.. Uno de los novatos, Alb., junto a A. salieron para traer consigo la camilla. Mientras tanto, yo me había dedicado a recoger todas las mochilas y otros objetos que habían quedado al fondo de aquel caos de bloques y acercarlo a donde estábamos todos. Había sed, estábamos cansados y aún nos quedaba salvar los escasos 200m que nos separaban de la boca de la cueva y de la ambulancia. Bebimos agua, descansamos un poco mientras las enfermeras valoraban la situación y S. y A. hablaban con ellas de lo que íbamos a hacer a continuación.

Llegado el momento, levantaron a JM del suelo para ponerle la camilla debajo y le pusieron cómodo y seguro, preparándolo para el traslado. JM insistía en que la enfermera no le pinchase ningún calmante mientras no estuviésemos fuera de la cueva, incluso contó un chiste que no llegué a escuchar y que supongo quedará en el olvido, ya que creo que nadie recuerda qué dijo exactamente.

El camino de salida de la galería era ya prácticamente plano, pero para pasar la camilla aún necesitamos seguir turnándonos unas cuantas veces más, hasta que llegamos a una zona más despejada, en la que ya un grupo pudo ponerse en marcha portando la camilla. Salimos de la cueva finalmente alrededor de las 15.30 horas y le dejamos en manos de los profesionales, que pasaron a atenderle dentro de la ambulancia.

Lo habíamos hecho, un grupo de novatos había rescatado a un compañero de aquel agujero, pero lo más importante es que lo logramos gracias a la coordinación y tranquilidad que nos transmitieron S., A. y C.

En ocasiones miramos hacia las viñetas de un cómic buscando héroes. Imágenes que nos inspiren y nos alienten a ser mejores. Ese día en esa cueva yo no necesité cómics, allí me quedó demostrado que los héroes son también personas comunes, personas como tú y yo que, llegado un momento decisivo, actúan sin miedo y nos llevan a realizar proezas que, en circunstancias normales, creeríamos fuera de nuestro alcance.

Ellos son los héroes silenciosos que ese día, obraron una maravilla, cogieron a un puñado de personas sin experiencia y los coordinaron para que funcionasen como un reloj suizo y aun así, nos felicitan a nosotros, que nos limitamos a seguir sus instrucciones, por el trabajo realizado, quitándose todo mérito posible, esa humildad… qué más puedo decir…

Nuestro compañero JM está siendo atendido en el hospital, se encuentra bien y espero que este desafortunado incidente no le quite las ganas (ni las posibilidades) de seguir disfrutando de esta actividad, que tantos años lleva realizando. Que te mejores pronto, compañero, tú también, con tu calma, con tu entereza, nos diste fuerza para llevar a buen término el rescate.

A todos los hombres y mujeres que ayudaron en ese momento, a los novatos que participaron en el rescate, (Al. Cr. Ir. Sa. Ho. J. M., Ma. espero no dejarme a nadie) y en especial a mis compañeros S., A., C., F., Al., O., E. y Ev. Que llevaron a buen puerto tanto el rescate como la actividad (sí, finalmente todos los demás excepto F., S. y Al. visitamos el resto de la cueva), gracias, sois extraordinarios.

Hemeroteca: "Burgos noticias" y "Diario de burgos" se hicieron eco del indicente.

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